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Full text of "Vanidad y pobreza : comedia original en tres actos y en verso"

11723 




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VANIDAD Y POBREZA, 



VANIDAD Y POBREZA. 



COMEDIA ORIGINAL 



EN TRES ACTOS Y EN VERSO, 



D. JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ DE ALBA 



Representada por primera vez con general aplauso en el teatro 
del Circo en 11 de Febrero de 1860, á beneficio del primer actor 
D. Antonio Capo, destinando sus productos á los heridos del ejér- 
cito de África. 



MADRID. 

IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ, FACTOR 



1MÍO. 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/vanidadypobrezac25517guti 



A MI QUERIDA ESPOSA 



LA SEÑORA 



DOÑA MATILDE PÉREZ DE MURE, 



fjntre las muchas razones que tengo para dedi- 
carte con el mayor placer esta obra, son las 
principales: la de ser la primera que he escrito 
á tu lado, y la de haberme enseñado tú, con tu 
ejemplo, que existen en la tierra ángeles de 
virtud y de caridad, cuyo mayor placer consiste 
en prestar sigilosa y modestamente algún socor- 
ro á la indigencia. 

Mas de una vez, á la simple lectura de estas 
páginas, te he visto llorar conmovida: ese solo 
triunfo seria bastante para dar por bien emplea- 
das mis tareas. Si el público, al escucharlas, 
siente lo que tú, y premia mis afanes siquiera 
con un aplauso, para tí será, esposa mia, pues 
tu bondadoso corazón ha sido la fuente de mis 
inspiraciones. 



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óe íflatKX Ciutietfcez de CLÍt?< 



669072 



PERSONAS. ACTORES. 



LUISA, 20 años Doña Adela Alvarez. 

ISABEL, id Doña Rosa Tenorio. 

^ EL TÍO MIGUEL, 70. D. Antonio Capo. 

**& TEODORO, 30 D. José Ortiz. 

TOMÁS, 25 á 30 D. Ricardo Morales. 

l^ 6 EL BARÓN, 50 D. Benito Chas De Lamotte. 

EDUARDO, 28. D. Juan Casañé. 

o D. JUDAS, 40 D. Antonio Vico. 

o ENRIQUE, 25 á 30 . . . D. José Laplana. 

o EUGENIO, id D. Manuel Beas. 

o UN LACAYO D. Ramón Benedí. 

Señoras, caballeros, criados. 



La escena pasa en Madrid, en nuestros dias. 



La propiedad de esta obra pertenece á su au- 
tor, y nadie podrá sin su permiso reimprimirla ni 
representarla en los teatros de España y sus posesio- 
nes, ni en los de Francia y las suyas. 

Los corresponsales de la galería dramática y lírica 
titulada El Teatro , son los encargados exclusivos 
de la venta de ejemplares y del cobro de derechos 
de represent" non en toctos los puntos. 

Queda hecho el depórüo que exige la ley. 



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AC IMER 




tíS, 



El teatro representa un salón de una casa decentemente amuebla- 
da. Puerta al fondo y laterales. 



ESCENA PRIMERA. 

ENRIQUE, EUGENIO, TEODORO, el BARÓN. 

Eva. ¿No sabemos todavía 

á punto fijo la hora 

en que ha de verificarse 

la conyugal ceremonia? 
Teoo. Creo que vá muy despacio. 

Mientras se arregla la novia... 
Enr. ¿Y Eduardo? 
Bar. Está allá dentro 

con la tatáa enojosa 

de convencer al buen tio, 

que total empeño forma 

en que aqui no han de casarse. 
Teod. ¿^ues en dónde 9 
Bar. En la parroquia. 

Teod. ¡Idea mas peregrina!... 
Bar. Hijos, cada cual se porta 

como quien es. 
Teod. Está claro. 



669072 



EUG. (Al Barón.) 

¿Y usted consiente? 
Bar. ¡Yo! Hay cosas 

que uno hace porque es preciso, 

por ejemplo, lo de ahora. 
Teod. Al fin usted representa 

aqui... 
Bar. La parte mas floja; 

que en el tiempo que corremos, 

época calamitosa, 

muy poco vale la alcurnia 

y valen mucho las onzas. 
Teod. Usted es tío del novio, 

Barón. 
Bar. Él lo es de la novia. 

Yo .soy pobre, él es muy rico; 

y aunque lleva en esta boda 

la ventaja de enlazar 

su sangre con. sangre goda, 

mi sobrino también lleva 

la del dote de la novia, 

que es un dote respetable. 
Teod. ¿Con que el viejo tiene mosca, ft 

eh? 
Bar. De América ha traído 

una fortuna que asombra. 
Teod. Y que hace olvidar su origen. 
Ba*. Pues hoy ¿qué mancha no borra 

el dinero? El chico hace 

con ella una suerte loca. 
Eug. Claro. 
Bar. Y por eso se casa. 

Lo demás fuera una droga. 
Eug. ¿Y qué tal laTsabelita? 
Bar. No deja de ser graciosa; 

pero algo fatua. El buen viejo, 

mas que quererla, la adora; 

y como de su familia 

es ya la única persona 

que queda, la mima mucho, 

y cuanto pide la otorga. 

Mi sobrino, según pienso, 



— 9 — 

y según confesión propia, 
se casa, porque ya el agua 
le vá llegando á la boca. 
Su patrimonio ha gastado, 
y á vivir no se conforma, 
y hace bien, como el pobrete 
que jamás tuvo una dobla. 
Encontró esta coyuntura; 
por él la chica está loca; 
el matrimonio lo saca 
de apuros, que ya le ahogan; 
vé ante sus ojos abrirse 
un nuevo campo de gloria, 
de placer y de ventura, 
que ya miraba remota, 
y hace el negocio, y no mira 
si ella es discreta ó es tonta, 
ni si la sangre del tio 
es azul, es verde ó roja. 

Teod. Y hace bien. Asi tendremos 
fiestas, bailes, comilonas... 
y dure lo que durare, 
que al fin la vida es muy corta. 

Bar. Eso es lo que yo le digo. 

¡Oh! y él mis consejos toma. 
¡Qué diablo! Si no se saca 
del mundo, al fin, otra cosa. 
El tio Miguel, por ejemplo, 
ó don Miguel, como ahora 
le llaman, desde que vino 
con sus muchas peluconas, 
¿de qué ha gozado en el mundo? 
De nada. Su vida toda, 
la habrá pasado hecho un mártir, 
y atesora que atesora, 
para que mi buen sobrino 
saque á luz en pocas horas 
lo que él tardó muchos años 
en ir poniendo á la sombra. 

Teod. Lo malo será que el viejo 
al cabo tasa le ponga. 

Bar. Todo está previsto, amigo; 



— 10 — 



EüG. 

Bar. 



Teod. 



Eug. 



Bar. 



y se harán tan bien las cosas, 
que Cuando quiera ponerla, 
no habrá remedio. Es mi obra; 
y no me liareis la injusticia 
de creer que asi lo exponga 
á sufrir, hoy ó mañana, 
una humillante derrota. 
Barón, es usted un lince. 
Ya la experiencia me sobra, 
y he jugado bien el lance, 
por lo mucho que me importa. 
Yo, si alguna vez me caso, 
acudiré sin demora 
al Barón, para que arregle 
los contratos de mi boda. 
Yo, desde ahora le faculto 
para que me busque novia. 
Silencio, que aqui se acercan. 
Gallad, no sea que nos oigan. 



ESCENA II. 




DICHOS, MIGUEL y EDUARDO*, este en traje muy elegante; aquel 
t modesto v sencillo. 



Eduar. 



Mig. 



(Saludando.) 

h Señores, muy buenos dias. 
Felices. 

Señor Barón... 

(Estrechándole la mano.) 
{Presentando los tres.) 

Estos los amigos son... 

(Á Eduardo.) 

¿Que tú presentar querías? 

(Presentándolos.) 

Don Eugenio del Villar, 
don Enrique Gil Robledo, 
don Teodoro de Toledo, 
vizconde del Encinar. 
Espero que usted los cuente, 
pues ya conoce sus nombres... 
¿Qué me importa, si son hombres 



-~ 11 - 

de bien? Lo demás, corriente. 

(Á ellos.) 

Tengo una satisfacción... 

(Tendiéndoles la mano.) 

Teod. ¡Oh! la nuestra no.es escasa. 
Mig. Cuanto hay dentro de esta casa 

está á su disposición. 
Los tres. Gracias. 
Mig. Andar con empachos 

y cumplidos me importuna, 

(Á Eduardo.) 

Pero los tres, por fortuna, 

parecen buenos muchachos. 

Nada, amistad y franqueza. 
Teod. Usted nos honra en extremo. 
Mig. Soy tan franco y tan... que temo 

abusar de mi llaneza. 

Ella fué siempre mi norte, 

y como viejo y machucho, . 

señores, me cargan mucho 

los cumplidos de la corte. 

Esto será una herejía; 

seré, al decirlo, imprudente, 

y mucho mas entre gente 

de elevada gerarquia; 

pero este es mi natural, 

francote, como lo ven; 

unos dirán que hago bien, 

otros dirán que hago mal. 
Teod. Es usted un hombre sano 

de corazón. 
Todo?.' Si. 

Mig. Convengo. 

por hombre de bien me tengo; 

hombre de bien liso y llano. 

En serlo mi orgullo fundo; 

de otra cosa no blasono, 

aunque hoy... cuento ya en mi abono 

lo que mas vale en el mundo. 

¡El oro! gracias á él, 

me llaman. por donde quiera 

don Miguel, cuando ayer era, 



— 12 — 

por ser pobre, el tio Miguel. 
Yo de estas cosas me rio, 
y aun me causan compasión 
los 'que hoy llaman señor don 
al que ayer llamaban tio. 
Si asi piensan adular 
mi amor propio, es excusado, 
porque nunca me he olvidado 
de aquel antiguo cantar: 
«Es e! don del pobre hidalgo 
»como el don del algodón; 
»que no puede tener don 
»sin tener antes el algo.» 
Por lo cual no considero, 
al verme llamar asi, 
que ese don es para mí, 
sino para mi dinero. 
Bar. 1¿ Hoy distinta posición 

ocupa usted en el mundo. 
Mig. : g¿. En eso mismo me fundo, 
para reírme, Barón. 
Las cosas andan revueltas, 
y el que hoy gran posición tiene, 
. mañana á perderla viene; 
que el mundo dá muchas vueltas. 
Veinte. años vá á hacer ahora 
que aqui un golpe me asestaron.. 
y hubo muchos que ayudaron 
aquella mano traidora. 
Teod. ¿Un golpe? 
Mig. Si, y no lo olvido j 

nfun instante, á mi pesar. 
El lance os voy á contar, 
que es digno de ser sabido. 
Tengo muy buena memoria, 
cosa común en los viejos, 
y lo tomaré de lejos 
para comenzar mi historia. 
Huérfano y solo quedé 
desde una edad bien temprana, 
y tarde, noche y mañana, 
para vivir trabajé. 



— 13 — 

Y, á fuerza de mil apuros, 

cuando en la vejez ya entraba, 

de economías contaba 

sobre unos cuatro mil duros. 

Con mi fortuna dichoso, 

la vejez no me afligía; 

todo el barrio me tenia 

por honrado y laborioso; 

pero nadie sospechaba 

que, á costa de privaciones, 

aquellos tristes doblones 

en mi gaveta guardaba. 

Frente de mí, por mi mal, 

un comerciante vivia, 

á quien el mundo creia 

honrado, puro y cabal. 

Confiado en su buen nombre, 

mi secreto le fié, 

y mi fortuna dejé 

en las manos de aquel hombre; 

mas la ambición le tentó, 

y, sin conciencia ninguna, 

apropióse mi fortuna, 

y el depósito negó. 

A la justicia acudí, 

pero triunfó su malicia, 

y, engañando ala justicia, 

al fin ganó y yo perdí. 

Viendo mi suerte inhumana, 

lamenté en vano mi suerte, 

y por no darle la muerte 

me embarqué para la Habana, 

donde Dios, siempre piadoso, 

tanto me ha favorecido, 

que volver me ha permitido, 

como sabéis, poderoso. 
Teod. Dios premia siempre al que honrado 

vive en el mundo. 
Mig. Asi creo; 

y, al verme como me veo, 
gracias mil veces le he dado. 
Bar. Él ha dispuesto sin duda 



- 14 - 

hacer feliz su vejez. 

Mig. Asi lo espero esta vez 

de Eduardo con la ayuda. 
Al regresar á la corte, 
mi única familia era 
ya Isabel, niña hechicera, 
cuya ventura es mi norte. 

Teod. ¿Y á nadie tiene usted mas? 

Mig. Cuando de aqui me alejé, 
una esperanza dejé; 
pero ¡ay! el dolor quizás, 
dolor agudo y prolijo, 
á una infeliz consumió, 
y por siempre me privó 
de mi esposa y de mi hijo. 

Teod. ¿Era usted casado aqui? 

Mig. Iba á serlo muy en breve, 
cuando por aquel aleve 
en la miseria me vi. 
Entonces entró el combate 
de mi amor con mi. conciencia, 
y dije al fin: la indigencia 
á un hombre solo no abate. 
Y aplacé mi matrimonio, 
aunque era grande mi afán,, 
porque casarse sin pan 
es entregarse al demonio. 

Teod. Pero cuando ya de suerte 
mejoró usted. - .. 

Mig. El destino 

había alzado en mi camino 
la barrera de la muerte. 
Justo castigo de Dios, 
que, quizás para probarme, 
á un tiempo quiso privarme 
del cariño de los dos. 
Pero fué menos cruel 
de loque yo merecia, 
pues me dejó todavia 
un ángel en Isabel. 
Ella mi dolor ahuyenta 
y enjuga el llanto en mis ojos, 



— 15 — 

ella calma mis enojos, 
cuando el pesar me atormenta. 
De padre el amor profundo 
siento hacia ella, si la abrazo; 
ella es el único lazo 
que me detiene en el mundo. 
Es joven; brillar desea, 
y brillará cual ninguna, 
cuando toda mi fortuna 
con su marido posea. 

(Á Eduardo.) 

Ya todo es vuestro, hijo mió; 
mi vida será muy corta, 
y el mundo poco me importa; 
solo la quietud ansio. 
Yo, metido en mi rincón 
sin cuidados ni zozobra, 
al mirar que todo os sobra, 
satisfaré mi ambición. 
Nada tengo desde hoy; 
vuestro afecto es lo que quiero, 
y, por si mañana muero, 
desde ahora mi hacienda os doy. 
Haced de ella lo que os cuadre 
y cumplid vuestros antojos, 
con tal que cerréis mis ojos 
cual si fueran los de un padre. 
Entre tanto, si no os pesa, 
ya que poco he de durar, ' 
dadme un cuarto en vuestro hogar 
y un asiento en vuestra mesa. 

Eduar. Nuestro mayor regocijo 

será el verlo á nuestro lado 
de dicha siempre colmado: 
yo para usted seré un hijo. 
Y no dudo que Isabel 
mi afecto secundará. 

Mig. Poco tiempo os durará 
el pobre del tío Miguel. 
Si me amáis de corazón 
y á mi vejez dais consuelo, 
Dios, que os mira desde el cielo, 



— 16 — 

on dará su bendición. 




Luisa. 



Mig. 
Luisa. 



Mig. 

Luisa. 

Bar. 

Mig. 



Luisa. 
Mig. 

Luisa, 



ESCENA Iíí. 

dichos, tomas, luisa. 

¿Nos dan ustedes permiso? 
delante. 

Entra, Tomás, 
que este señor es muy bueno 
y no se incomodará. 

(Entrando.) 

Buenos dias. 

¡Ah! Es Luisa, 
la modista del portal. ' 
(Á ellos.) Una excelente muchacha. 
No hay que detenerse. Entrad. 
Venimos á ver la novia 
y á usted. Si hemos hecho mal, 
usted se tiene la culpa, 
que ayer me dijo, al entrar, 
que subiéramos. 

Es cierto.- 
Pues, yo le dije á Tomás, 
que es mi novio, hoy no trabajas; 
es preciso festejar- 
la boda que se celebra 
en el cuarto principal. 
La señorita y su tío 
me han convidado... 

Es verdad. 
Y son señores muy llanos. 
(Ap.) El convite es singular. 
En eso hacemos, Luisa, 
nuestro deber nada mas. 
Señores, esta muchacha 
es un tipo dé bondad... 
Siempre está usted con lo mismo. 
Lo que has hecho he de contar, 
para que sepan quién eres. 
Vamos, esto es por demás. 

(Á Tomás.) 



— 17 — 
Siempre ha de tener el gusto... 

(Á Miguel.) 

¿No se puede usted callar? 

Mir.. Hace tres meses, señores, 
tuve yo una enfermedad, 
que á las puertas de la muerte... 
casi muerto estuve ya. 
Quince dias con sus noches, 
sin dormir ni descansar, 
á la cabecera tuve 
un modelo de piedad, 
sin separarse un instante, 
á no ser para rezar 
por mi salud. Ella ha sido 
mas bien ángel tutelar 
que mujer para el anciano, 
á quien no debía mas 
que un saludo afectuoso. 

Luisa. Y qué, ¿era poca bondad 
hablarme con tanto afecto, 
y pararse á preguntar 
por mi salud? 

Mig. (Ap.) ¡Pobrecilla! 

¡Qué gratitud, qué humildad! 

(Alto.) Ya veis cuál era el motivo 

de su conducta leal. . 

Por mí abandonó contenta 

sus quehaceres y su hogar, 

con un afecto tan puro, 

que un hijo no hiciera mas. 

Y al fin, cuando sus cuidados 

y afanes quise pagar, 

pobre, rechazó mi oferta, 

y con noble dignidad 

me dijo: «Lo que yo he hecho 

Dios me lo ha pagado ya; 

que no se pagan con oro 

las obras de caridad. » 

En vano fueron mis ruegos, 

pues no los quiso escuchar, 

ni recibir ha querido 

mas premio que mi amistad. 

2 



— 18 — 

Teod. Esa conducta es muy noble. 

Bar. (Ap.) Otras miras llevará. 
Para el tonto que se crea 
tanta generosidad. 

Luisa, (á Miguel.) 

Tiene usté el gusto de verme 
como la grana. 

Mig. No tal, 

tengo el deber de bacer pública 
tu conducta singular, 
para que todos te estimen 
en lo que vales. 

Luisa, Tomás, 

tú sabes que siempre he hecho 
lo mismo en la vecindad, 
cuando algún enfermo ha habido. 
¿En dónde estamos quizás? 
¿Pues qué, no somos cristianos? 
Mañana, si Dios me dá 
la misma suerte, conmigo 
de igual manera obrarán. 

Tom. Y si no lo hacen ¿qué importa? 
Á fé que el que arriba está 
lo bueno ó malo que hacemos 
es el que lo ha de pagar. 

Teod. El joven también se explica. 
Extraña moralidad 
es en gentes de su clase... 

Tom. Caballero, Dios nos dá 
á todos conocimiento 
para obrar bien ú obrar mal. 
Lo mismo al pobre que al rico 
ha impuesto la caridad. 
Esto se aprende en la escuela, 
y el que lo llega á olvidar, 
tan culpable es, siendo un pobre, 
oomo siendo un... Preste-Juan. 

MlG. (Á Tomás.) 

Dame la mano, hijo mió. 
Ven, Luisa, ven acá. 
Tu elección es... como tuya. 
Dios os dé felicidad, 



— 19 — 

como ambos la merecéis. (Pausa.) 

¿En qué se ocupa Tomás? 
Luisa. Es carpintero. 
Mig. ¿Si? 

Tom. Para 

lo que usted guste mandar. 
Mig. ¿Y cuándo os casáis? 
Tom. Muy pronto, 

si Dios quiere. 
Luisa. Es ya oficial, 

y cuando tenga un taller 

y parroquia regular 

nos casaremos al punto. 

Él deseándolo está. 

MlG. (Con bondad.) 

Y tú también, picaruela. 
Luisa. ¿Y por qué lo be de negar? 

Si por mí fuera, ya hay tiempo .. 
Mig. Comprendo bien dónde está 

su repugnancia, y me encargo 

del taller... y de algo mas. 
Tom. Le doy á usted muchas gracias, 

mas no lo puedo aceptar. 

Cuando yo lo gane, entonces. 
Luisa. Nadie le convencerá, 

y en ello soy muy gustosa . 
Mig. Respeto su dignidad, 

y ahora vale mas que nunca 

para quien sabe apreciar 

el móvil que le detiene. 

Pero Isabel tarda ya. 

Voy á ver cuál es la causa... 

Ven, Luisa y la verás. 
Tom. Yo, con permiso de ustedes, 

me retiro. 
Mig. ¿Adonde vá? 

Tom. Mi padre me está aguardando. 

No quiero hacerle esperar. 
Mig. Pero volverá usted luego. 

Cuente usted con mi amistad, 

y disponga... 
Tom. Muchas gracias. 



- 20 - 

Mig. Que venga usted. 

Luisa. Sí vendrá. 

("Vánse Luisa y Miguel por el foro izquierda y Tomás 
por la derecha.) 

ESCENA IV. 

El BARÓN, EDUARDO, TEODORO, EUGENIO, ENRIQUE. 

Bar. ¿Sabes, chico, que tu tio 

está bien relacionado? (con ironía.) 
Eduar. Á su edad es ya imposible 

olvidar ciertos resabios 

de la educación. 
Bar. Comprendo, 

por mas que parezca extraño, 

que en otro dia cualquiera 

nos hubiera presentado 

esa pareja sublime, 

que son de virtud un pasmo; 

pero hoy, cuando se celebra 

un tan importante acto; 

cuando lo mas escogido 

de la corte se ha dignado 

acudir á honrar su casa... 

¿Qué dirán los convidados 

que allí dentro nos esperan? 

Ya siento haberme mezclado... 

Nos hará alternar con ellos, 

y al fin se dará un escándalo. 

Él su amistad les ofrece; 

ellos vendrán sin reparo, 

y tendrás que renunciar 

de ciertas gentes al trato; 

que con una... modistilla 

no han de estar... 
Eduar. ¿Y qué me hago? 

Mañana será otra cosa. 

Daré orden á los criados... 

pero hoy, tio, es imposible. 
Bar. Pues ya ves que es necesario 

tomar algunas medidas. 



- 21 - 

Señores, en ciertos actos, 
siquiera por el decoro... 
¿No es verdad? 

Enr. Cierto. 

Eug. Está claro. 

Bar. ¿Quién alterna con tal gente? 

Teod. Mi dictamen es contrario. 
Á nadie cedo en nobleza 
iri en posición; pero hay casos 
en que alternaré gustoso 
con el mas pobre artesano, 
si á mis ojos se presenta, 
como ese, digno y honrado. 
Los tiempos, amigos mios, 
por nuestra culpa cambiaron, 
y pergaminos sin obras 
tienen valor muy escaso. 
Si todos como nosotros 
fueran... ¡Os reis! ¡Qué diablos, 
es fuerza hacernos justicia! 
Aquí cinco nos juntamos, 
que entre todos no valemos 
lo que ese pobre muchacho. 
¿Qué bien hemos hecho al mundo?j 
¿Qué tenemos? ¿Qué esperamos? 
El Barón, que por su edad 
ha podido aventajarnos, 
entre plácemes y orgias 
su patrimonio ha gastado, 
y hoy se encuentra viejo y pobre. 
Bar. ¡Teodoro! 

Teod. "Voy á hablar claro, 

y á hacer en cuatro palabras 
nuestros perfectos retratos. 
Tú, Eduardo, no te enfades, 
has seguido paso á paso 
las huellas de tu buen tio; 
tienes veintinueve años 
y ya el mundo te desecha- 
porqué estás pobre y gastado; 
por lo cual, si esta fortuna 
no te viniera á las manos, 



— 22 - 

solo tenias ya el recurso 
de darte un pistoletazo. 

Eduar. ¡Teodoro! 

Teod. Eugenio y Enrique 

si algo mas han conservado, 
es porque viven sus padres 
y no han podido gastarlo; 
pero á cuenta de su muerte 
tanto papel han firmado, 
que aunque hereden un tesoro 
inmenso les vendrá escaso. 
No me repliquéis. Ahora 
oid, mi turno ha llegado. 
Como vosotros he sido 
pródigo; pero no tanto, 
que no me baste mi hacienda 
para sostener mi rango; 
y, á pesar de eso, mi vida 
es un continuo quebranto. 
Sé que existen los placeres; 
mas los busco y no los hallo, 
porque ¡el vivir muy deprisa 
hace morir muy despacio! 
Decidme ahora con franqueza: 
¿Cuál es en este teatro 
el papel, que por. desgracia 
venimos representando? 
¿Qué noble acción se nos debe? 
¿Qué servicio hemos prestado 
al mundo? ¿Qué de nosotros 
esperan nuestros hermanos? 
Sin producir, consumimos; 
sin trabajar, derrochamos; 
y henos aquí, pobres seres, 
viejos á los treinta años, 
sin virtud para lo bueno, 
sin fuerzas para lo malo, 
sin tener quien nos acoja: 
Dios, porque no le buscamos; 
y, porque ya nos desecha, 
el mundo, hasta el mismo diablo 
Por fortuna hay muchos nobles 



— 23 — 

que. otro camino han tomado, 
y ocultan con sus virtudes 
las sombras de nuestros actos. 
Esta es la verdad desnuda: 
ese infeliz artesano 
la ha despertado en mi alma, 
la hace salir de mis labios. 
Tomadla como gustéis, 
pues de ella no me retracto. 

Bar. Teodoro se ha vuelto loco, 
será preciso dejarlo. 

Teod. No, que soy yo el que os dejo. 

(Con solemnidad.) 

No te cases, Eduardo, 
si de intención novarías. 
Una joven y un anciano 
van su suerte á confiarte; 
mira que el hombre casado 
tiene ante Dios y los hombres 
deberes que son sagrados, 
y el que con ellos no cumple 
aqui y allá encuentra el pago. 



Eduar. 


¡Teodoro! 


Teor. 


Yo no autorizo 




con mi presencia este acto. 




Piénsalo bien, que aun es tiempo. 




Soy rico; serás mi hermano, 




y no te faltará nada... (Pausa.) 


Eduar. 


Ya es imposible. 


Teod. 


¡Eduardo!... 




Adiós. Sabes dónde vivo. 




No olvides lo que te encargo, (váse.) 



ESCENA V. 



DICHOS, menos TEODORO. 



Eduar. No sé por qué el corazón.. 

Bar. Tu debilidad deploro. 

¿No conoces que Teodoro 
ha perdido la razón? 

EDUAR. (Ensimismado.) 



- 24 - 

¡En lo que vas á hacer piensa!... 
Bar. ¿No viste con qué descaro... 

Á/ofrecerte su amparo 

te infirió una horrible ofensa. 
Eduar. Mi situación es cruel; 

no me atrevo á decidir.., 
Bar. Quien piensa en lo porvenir, 

no aconseja como él. 
Eduar. Necesito meditar. 

Voy allá dentro un instante... 
Bar. Eduardo, estás delirante. 

¿Es tiempo ya de pensar? 
Eduar. Vuelvo pronto, (váse por la izquierda.) 

BAR. (Á Enrique y Eugenio.) 

¡Esto es horrible! 

¡Á quién se le ocurriría 

que en él tal efecto haria!... 
Eug. Le ha dado por lo sensible. 
Enr. ¡Es chistoso! 
Bar. Si lo dejo, 

todo puede fracasar; 

porque, si llega á tomar 

de ese demonio el consejo... 

Vamos. 
Enh. Si, vamos los tres. 

Bak. (Ap.) ¡Sumidos en la pobreza! 
Eug. Muy pronto de la cabeza 

desechará ese entremés 
Bar. Alguien se acerca hacia aqui. 
Enr. Vamos, vamos sin tardanza. 
B r. Aun me queda una esperanza. 

Corramos pronto. 
Eug. Si. 

Enr. Si. 

("Vánse por la izquierda.) 




ESCENA Yi. 

UISA, ISABEL, esta en traje elegante de boda. 

LuiSA.N\Todos se marcharon, todos. 
;Éntre usted. 



— 25 — 

Isa 8. (Entrando.) Aquí siquiera 

no tendré quien me repase 

de los pies á la cabeza. 

Díme la verdad, Luisa, 

¿estoy bien? ¿Qué tal me encuentras? 
Luisa. Hermosa como una virgen. 

ISAB. (Mirándose á un esprjo.) 

¿Y este peinado me sienta? 
Luisa. ¿No se lo dice el espejo? 
Isab. Me parece que estoy fea. 

Este aderezo es tan pobre... 

Al ver el de la condesa, 

cuyos diamantes deslumhran, 

¿creerás que me dio vergüenza? 
Luisa. ¡Isabel! (Reponiéndose.) ¡Ah, usted perdone! 

Algunas veces la lengua... 

Como estaba acostumbrada 

cuando chica... en la maestra... 
I sab. Aqui, Luisa, estamos solas; 

tutéame, si, y no temas 

que' tu franqueza me enoje 

ni tus palabras me ofendan. 

Me acuerdo muy bien que juntas 

pasó nuestra edad primera. 

Entonces eramos pobres 

las dos, y mi madre, enferma 

y viuda, apenas tenia 

pan que darme. Di, ¿te acuerdas 

cuántas veces me llevaste 

para comer á tu mesa? 
Luisa. De todo me acuerdo. Entonces 

mucho mas dichosa era, 

porque el secreto ignoraba 

¡ay! de mi triste existencia. 

Tú, á lo menos, tenias madre, 

y cuando te faltó ella, 

te fuiste con tu buen tio, 

que entonce estaba en América; 

pero yo... ya que ha llegado 

la ocasión de que lo sepas, 

quiero decírtelo todo, 

aunque lágrimas me cuesta. 



— 26 — 

La mujer que yo creia 
mi madre, Isabel, no lo era. 
Mis padres no he conocido. 
Recien nacida á su puerta 
me arrojaron. Ella, entonces, 
que era compasiva y buena, 
viéndome tan desgraciada, 
me recogió, y su clemencia 
se convirtió en el cariño 
de una madre verdadera. 
Yo por tal madre la tuve, 
hasta que en su hora suprema 
me llamó, para decirme 
lo que saber no quisiera. 
¡Ah, y de tantos sacrificios 
hechos por mí no contenta, 
me dejó cuanto tenia... 

Isab. Fué de amor una gran prueba. 

Luisa. ¡Pobre madre de mi alma! 
Dios en el cielo la tenga. 

Isab. No llores, ¡pobre Luisa! 
Tu dolor por hoy desecha 
y sé dichosa conmigo, 
como en la infancia lo eras. 

Luisa. ¡Ah, si, tú eres muy dichosa! 

Isab. Y hoy mas que nunca. Las puertas 
se me abren de un paraiso 
que nunca soñar pudiera. 
Soy rica, noble mi esposo, 
y el porvenir se presenta 
para los dos tan risueño 
como el alma lo desea. 
Voy á entrar en el gran mundo, 
y á humillar con mi presencia 
á esas mujeres altivas 
que ahora quizás me desdeñan. 
Un palacio suntuoso 
será mi morada espléndida; 
tendré coches y lacayos, 
ricos diamantes y perlas, 
y envidia darán mis trenes 
por su lujo á la grandeza. 



— 27 — 

¿Qué te parece, Luisa? 

Luisa. Que errado el camino llevas 
para buscar en el mundo 
la dicha que en él se encuentra. 
Mi madre me lo decia: 
«Nadie es feliz en la tierra 
»sino el que enjuga las lágrimas 
»de los que lloran en ella.» 
Ya que Dios te ha hecho tan rica, 
emplea bien tus riquezas. 
En Madrid hay muchos pobres 
que mueren de hambre y miseria... 
Búscalos; sé para ellos, 
Isabel, la providencia; 
que el bien que á un pobre se hace 
Dios como suyo lo cuenta. 

Isab. Dios á ninguno abandona. 

Luisa. Eso dice quien desea 

olvidarse del que sufre. 
Tú no tienes experiencia, 
y yo, aunque joven, la tengo: 
mi ocupación me la enseña. 

Isab. ¿Y quieres que yo renuncie 
á la vida que me espera? 

Luisa. Tú sueñas con un palacio, 
joyas, trenes y libreas, 
porque no sabes que hay muchos 
que en una buhardilla estrecha 
lloran sin pan, sin abrigo 
ni tener de dónele venga; 
sueñas con trenes lujosos, 
sin saber que, cuando sueñas, 
mil infelices, descalzos, 
van clavándose las piedras; 
y quieres pasar las noches 
en bailes y alegres fiestas, 
sin pensar que hay muchas madres 
que toda la noche velan 
para dar pan á sus hijos, 
y asi trabajando enferman, 
y las pobres criaturas 
de Dios al amparo quedan. 



— 28 — 

Isab. ¡Oh! Tus palabras, Luisa, 

de espanto y de horror rae hielan. 

Luisa. Porque la verdad espanta. 

Isab. Es que tú me la exageras. 

Luisa. Dios quiera, Isabel, que nunca, 
como ellos se ven, te veas. 

ESCENA VIL 

DICHAS, MIGUEL, EDUARDO, el BARÓN, ENRIQUE, EUGENIO, 

caballeros y señoras. 

MlG. Yy (Entrando.) 

AA Aqui está. Vamos andando, 
' * Isabel, porque ya es hora, 
y el cura estará impaciente. 

BAR. (Á las señeras.) 

Su capricho es la parroquia, 

y es menester respetarlo. 

La edad... (Á Eduardo.) El brazo á la novia... 
Mig. Claro. 

Bar. Hasta los carruajes. 

Mig. (á Luisa.) 

Tú vendrás también. Las bodas 

son fiesta de los amigos. 
Luisa. ¿Pero asi?... Gracias. 
Mig. . No importa. 

¿Quieres que yo te dé el brazo? 

Tú vales tanto como otra, 

y yo me honraré muchísimo 

llevándote... ¿Te acomoda? 

LUISA. (Ruborosa.) 

No, señor. 
Mig. Pues voy delante. 

¿Tomás no ha vuelto? ¡Qué posma! 

Pero allá irá y es lo mismo. 

Con que... andando y sin demora. 
Luisa. Iré, ya que usted se empeña. 
Mig. ¡Pues no faltaba otra cosa! 

Voy á ver. . . 

(Sale precipitado como para dar algunas órdenes. Los 
demás van saliendo por parejas, quedando Isabel y 



— 29 — 

Eduardo para la última. El Barón habla con este al- 
g-unas palabras por lo bajo, señalando á Luisa;, que 
también se dispone á salir.) 

Bar. (Á Eduardo.) Y á tales horas!. .. 

EdUAR. (Á Luisa deteniéndola.) 

Usted se puede quedar... 
Bar. Si, que puede usted manchar 

el vestido á las señoras, (váse.) 
Luisa. ¡Mancharlas yo! ¡Dios me asista! 

¡Si, si, tiene usted razón! 

(Vánse Eduardo é Isabel, que manifiesta disgusto.) 

¡Para ellos fuera un baldón 
allí la pobre modista! 

(Se cubre el rostro con las manos, y cae el telón.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO. 




ACTO SEGUNDO 



Galería hasta la segunda caja de bastidores: puertas laterales; al 
fondo tres arcos que dan á un gran salón, en cuyo centro se 
vé una mesa, dispuesta para una espléndida comida; este sa- 
lón se comunica con un extenso jardín que ocupa el foro. En- 
tre el salón y la galería un corredor ó pasillo. Todo el mueblaje 
debe ser del mejor gusto y de gran riqueza- Al levantarse el 
telón, varios criados, vestidos de elegante librea, cruzan de un 
lado á otro con ramos de flores, bandejas cubiertas y otros ob- 
jetos que denoten los preparativos de una fiesta suntuosa. A 
lo lejos, por la izquierda, se oye una música, que cesará cuando 
lo indique el diálogo. / ¡^ '^ 

ff ESCENA PRIMERA. 

Un LACAYO, después el BARÓN. 



Lac. 




Con esta van diez. Las murgas 

parece que se han citado: 

y hay algunas que atormentan 

de un modo, que, por Dios santo, 

que puede darse dinero 

por verlas ir al contado 

con la música á otra parte. 

(Escucha.) 

Estos ya no son tan malos. 

(Saliendo por la derecha.) 

¿Otra murga? 

Si, señor. 



32 — 



W 



Bar. Pues anda y dale estos cuatro 

duros, (Dándoselos.) y di que nos dejen 

tranquilos y sosegados. 
Lac. Gomo es buena la propina, 

acuden que es un encanto. 
Bar. Es dia de la señora, 

y es preciso celebrarlo 

como conviene á su clase. 

(Vá9e el Lacayo.) 

Al fin, esos pobres diablos 
serán luego las trompetas 
de la fama, y algo es algo. 

(Después de examinar la mesa. ) 

La mesa está bien, me gusta. 

(Cesa la música.) 

Es verdad que cuesta caro 
1 (i^ dar una comida espléndida; 

pero el crédito arruinado 
^ tan solo asi se levanta. 

Mañana los convidados 
harán donde quiera elogios, 
y luego vendrá algún párrafo 
que en los periódicos diga: 
((El señor don Eduardo 
»de tal ha dado un convite, 
»como hace ya muchos años 
»que no se daba en la corte. 
»Los concurrentes quedaron 
»sumamente satisfechos 
»del fino y amable trato 
»del Anfitrión. Allí estuvo 
»cuanto hay de mas elevado 
»en la grandeza, un ministro... 
»y del cuerpo diplomático 
»los señores de...» Ninguno 
se olvidará. Yo me encargo 
de la nota, y es el modo 
de dar importancia al acto. 

Entrando cou unos papeles que entrega al Barón.) 

eñor, estos memoriales 
en la puerta han entregado. 

(De mal humor.) 






— 33 - 

¡Limosnas! Ya se le ha dicho 
al portero, que no estamos 
para tales peticiones, 
ni las reciba. 
L\c. Es el caso... 

que ahora tuve yo la culpa. 

(Miguel al paño.) 

Me vieron que estaba dando 

á los músicos... 
H r. No importa. 

Lac Y tanto me suplicaron, 

que, en atención á ser dia... 

me atreví... 
Bar. Es igual. Veamos. 

("Va examinando los papeles.) 

«Una viuda con tres hijos, .» 

(Arroja el papel.) 

Que no se hubiera casado. 
«Un desgraciado cesante...)) (id.) 
¿Soy yo del gobierno acaso? 
«Un jornalero impedido...» (id.) 
Al hospital. ¿Han pensado 
que aquí tenemos el oro 
para alimentar bigardos, 
que quieren vivir á costa 
del prójimo sin trabajo? 
Anda y díles que no hay nada. 



ESCENA H. 



DICHOS, MIGUEL. 

No vaya usted. ¡Desgraciados! 
Cuando piden, es que tienen 
necesidad Yo me encargo... 
Es un contra-Dios, un vicio 
que debemos desterrarlo, 
y ademas un gasto inútil. 

(Señalando á la mesa.) 

Cuándo se derrocha tanto 
en cosas que no hacen falta, 
señor Barón, es extraño 



- 34 — 

que se niegue una limosna 

al que la viene implorando. 
EUu. Muchos que llegan pidiendo, 

piden sin necesitarlo. 
Míg. Eso no es cuenta de usted 

ni mia. Dios ha mandado 

que por su amor se socorran. 

Dando al pobre, á él se lo damos; 

y si la intención es buena, 

como tal recibe el pago. 
Bar. Ya se ha socorrido á muchos. 

Si usted lee los diarios, 

verá que todos los dias... 
Míg. ¡Eso lo agradece el diablo! 
Bar. ¡Cómo! 
Mig. Si,, que el bien que hacemos 

por vanidad, ó por cálculo, 

no es Dios el que lo agradece; 

y aunque su nombre invocamos, 

la caridad ofendida 

lo tiene por un sarcasmo. ■ 

•Si una mano dá limosna, 

ignórelo la otra mano, 

que asi es como Dios la aprecia;. 

pero hacer público un acto 

de caridad, cuando hay medios 

de encubrirlo y cuitarlo; 

dar, tan solo porque diga * f/ 

el mundo, á quien adulamos: 

«¡Qué hombre tan caritativo 

es el señor don Fulano! » 

es... con una buena obra 

hacer á Dios un agravio. 

(Recoge los papeles que el Barón ha arrojado al suelo.) 
BAR. (Ap. volviendo la espalda.) 

Lo desprecio. ¡Viejo estúpido! 

MlG. (Al Lacayo.) 

Diga usté á esos, desdichados 
que, sin que nadie se entere, 
pasen por allí á mi cuarto. 

(Váse el Lacayo.) 

(¡Dios mio ; tengo tan poco!...) (Ap ) 




— 35 — 
Pero, al fin, me queda algo. 

ase por la izquierda. El Lacayo atraviesa de don- 
ha á izquierda por el pasillo, seguido de dos hom- 
bres y una mujer, todos en traje humilde.) 

ESCENA III. 



./ 



'1 



El BARÓN, después el LACAYO. 

Bar. ¡Es original el hombre! 

¡Y que lo estemos sufriendo! 
¡Áh! yo haré que mi sobrino 
ponga el oportuno arreglo. 
Por fortuna se ha cortado 
las alas el pobre necio, 
y hará lo que se le mande, 
pues no tiene otro remedio. 
. El cariño de Isabel 
á Eduardo es tan intenso, 
que no se opondrá á sus órdenes, 
pues su afán es complacerlo. (Pausa. 
. Ademas, es ün estorbo 
constante, y los que tenemos 
cierta educación, estamos 
con su presencia violentos. 

fS^yAX Lacayo, que entra.) 

\! 1 ¿Entraron ya? 
VY Con él quedan. ; 

Bar. /Y\Pues bien: de nuevo te advierto 
' \para hoy, lo que ayer te dije. 
¿Estás? 
Lac. Será usia en ello 

obedecido. 
Bar. Aunque rabie, 

le dices que lo han dispuesto ' 
mi sobrino y la señora 
Lac Está bien. Con que... allá dentro? 
Bar. En su cuarto, si lo quiere 
asi, y si no, en el infierno. 

(Váse.por la puerta derecha.) 

Lac. ¡Pobre señor, cuál lo tratan! 

¡Y es tan humilde y tan bueno!... 



CTUc. 



- 36 - 

Aqui viene ya: en la cara 
se le conoce el contento. 

(Al entrar el tío Miguel en escena, atraviesan los tres 
personajes el pasillo en sentido inverso, y lo saludan 
con demostraciones de gratitud.) 

ESCENA IV. 




Lac 

Mig. 



Lac 
Mig. 



Lac. 

Mig. 



El LACAYO, MIGUEL. 

Gracias á Dios, ya por hoy 

algo se remediarán. 

¡P ibres! tan alegres van, 

que al verlos... también Lo estoy. 

(Al ver al Lacayo.) 

Hola, ¿aun está usted aqui? 
Aguardando á usted estaba, 
por si sus órdenes daba . . 
¿Pedirme órdenes á mí? 
¡Cosa nueva por mi vida! 
Eso... á otro le corresponde. 
Se trata de cuándo y dónde 
se le sirve la comida. 
¿Á mí? No hay que pregu ntar. 
Aunque tarden, los espero. 
Comiendo con ellos, quiero 
hoy los dias celebrar 
de mi sobrina Isabel- 
Siento que asi lo disponga. 
Me han dicho que no se ponga 
hoy cubierto para él. 
Está usted equivocado; . 
y aunque quiera convencerme... 
(Ap.) Eduardo no puede hacerm e 
un desaire tan marcado. 
Esas sus órdenes son. 
Si mi sobrino lo sabe, 
tendrá por ofensa grave 
tan torpe equivocación. 
Dígole, pues, que se engaña. 
Señor, que no me equivoco. 
Solo volviéndose loco 



— 37 — 



Lac 



Mig 



Lac 



Mig 




Mig. 



diera una orden tan extraña. 
Juróle á usted que me pesa 
causarle tal inquietud. 
¡Él, tener la ingratitud 
de arrojarme de su mesa!... 
Imposible; y en un dia 
como el de hoy, mayor agravio. 
Si lo oyera de su labio, 
que soñaba creeria. 
¡Yo , que por ellos he hecho 
mas que un padre puede hacer! 
No, no, eso no puede ser, 
jamás; estoy satisfecho. 
Á un padre asi no se humilla, 
y mas con tales ultrajes. 
Como vendrán personajes 
de lo mejor de la villa... 
Eso es lo que mas me abona, 
que un lugar tendré guardado. 
Aunque hubiera convidado.. . 
al mismo rey en persona. 
¿Vale alguno mas que yo, 
para que á mí se prefiera? 
¡Ah, si tal cosa supiera!... 
Pero no es posible, no. 
Cuando él venga le dirán. . . 
Esto me saca de tino. 
Yo le diré á mi sobrino... 

(Dentro.) 

-~/b>~* Sí entraremos. 

(id.) __— No entrarán. 

¿Quién dá voces? Yoy á ver... 

(Váse, puerta derecha.) 

Esa voz, si no me engaño... 
Pero me parece extraño 
que los quieran detener. 
id.) No hemos de volver atrás. 
Sin verle no nos iremos. 
Por aqui le encontraremos. 

(Al verlos.) 

¡Hijos: Luisa, Tomás! 




y 




- 38 — ' 
ESCENA V. 

MIGUEL, LUISA, TOMÁS. 

ios guarde á usted. 

Ya creímos 
que sin verle nos marchábamos. 

Á varios criados que aparecen en la puerta.) 

Siempre que por mí pregunten, 
sea quien fuere, franco el paso. 

(Vánse los criados.) 

¡Pues no se dan poco tono 

los porteros y lacayos! 

Usted no sabe el empeño... j 

¡Ni que ellos fueran los amos! 
Mig. No sabéis cuánto me alegra 

vuestra visita. Sentaos . 
Luisa. No, señor: venimos solo 

por gusto de saludarlo, 

y también á darle parte 

de que hoy, por fin, ha llegado 

la hora de que nos echen 

la de san Pedro y san Pablo. 
Mig. ¡Hola! 
Tom. Si, señor. 

Mig. Me alegro. 

Luisa. Y como que le apreciamos 

á usted, los dos hemos dicho: 

«Hoy debe estar ocupado... 

Son dias de su sobrina , 

y convidarle es en vano, 

para que asista esta noche 

al festejo; pero en cambio, 

de entre los mejores dulces 

sacaremos unos cuantos 

para llevarle, y que vea 

que de él no nos olvidamos. 

Con que... aqui se los traemos. 

SÍ USted los estima en algO... (Presentándolos. ) 
MlG. (Conmovido.) 

¡Si los estimo! Hijos míos: (Los toma.) 



- 39 - 

la prueba que me habéis dado 
de vuestro afecto es tan grande, 
que aunque viva muchos anos, 
no pasará un solo dia, 
sin que su recuerdo grato 
venga á aumentar el cariño 
que ya me habéis inspirado. 

Luisa. ¡Siempre tan bueno y tan noble! 
¡Ay, nos acordamos tanto 
de usted! Á veces decimos, 
que Dios le habrá deparado 
una vejez tan dichosa 
en este rico palacio, 
como un premio á sus virtudes, 
corno un cielo anticipado. 

Mig. (Ap.) ¡Pobres criaturas! ignoran 
lo mucho que estoy pasando. 

Tom. (Mirando á <ti alrededor.) 

Luisa: ¡qué vida tan buena 
harán los que tienen tanto! 
Mig. No ambieioneis ; hijos miqs, 
este lujo, este boato. 
Los bienes de la fortuna, 
del hombre tan codiciados, 
son casi siempre el origen 
de los mayores quebrantos. 
Dios los bienes y los males 
de este mundo ha compensado. 
Al rico ha dado temores, 
inquietudes, sobresaltos, 
que de sus propias riquezas 
lo convierten en esclavo, 
y hacen de su amarga vida 
un suplicio continuado. 
Mas venturoso es el pobre, 
viviendo de su trabajo, 
que el que en la opulencia estéril 
su corazón vá secando. 
Rara vez quien tiene mucho 
se acuerda del desgraciado; 
rara vez duerme tranquilo; 
rara vez brota en sus labios 



— 40 — 

esa sonrisa dichosa 

del que vive sin cuidados. 
Luisa. Pero usted no es de esos hombres.. . 
Mig. Yo nada soy, nada valgo; 

no soy mas que un pobre viejo 

que, ya de vivir cansado, 

pide á Dios todos los- días 

su último, eterno descanso. 
Luisa. ¡Dice usted de una manera 

esas palabras!... ¿Acaso 

no es usted feliz? 
Mig ¡Luisa! 

Luisa. ¡Cómo! ¿Le falta á usted algo? 

MlG. (Tratando de disimular su profunda emoción.) 

Nada, hijos mios. 
Luisa. Tomás, 

mira en sus ojos el llanto. 
Mig. Os engañáis; soy dichoso. 
Luisa. Usted nos está ocultando... 
Tom. Es verdad. 
Mig. Nada os oculto. 

Es que., al veros á mi lado... 

la emoción . . . 
Luisa. Hoy mas que nunca 

ese dolor es extraño. 

Hoy, que de la señorita 

será el dia celebrado 

con el contento que ariuncia 

aquella mesa, no alcanzo 

cuál pueda ser el motivo 

de su profundo quebranto. 

Cuéntenos usted sus penas, 

y haremos por consolarlo. 

Tomás y yo le queremos, 

sin que un interés mezclado 

vaya con nuestro cariño. • 
Mig. Lo sé bien: sois muy honrados. 
Luisa. ¿Le han dado á usté algún disgusto? 
Mig. ¿Quién? Isabel y Eduardo 

como á un padre me respetan. 
Tom. Pero como hay aqui un diablo 

que, según dice la gente...' 



— 41 — 

MlG- (Alarmado.) 

¡La gente! 
Tom. Vamos al caso. 

Luisa. (á Tomás.) 

Calla 
Tom. No, que he de decirlo. 

Sabe usted que los criados (Á Miguel.) 

suelen sacar á la calle 

las flaquezas de sus amos... 
Mig. ¿Y bien? 
Tom. No falta quien diga 

que á usted ya no le hacen caso; 

que todos triunfan y gastan 

con lo de usted, y que al cabo 

le matarán á pesares 

entre todos. 
Mig. Eso es falso, 

y miente quien ta! ofensa • 

se atreva... (Ap.) ¡Dios soberano: 

esos eran mis temores, 

y al fin se ven realizados! 
Luisa. ¿Yes tú cómo era mentira? 

(a p .) El pobre quiere ocultarlo. 
Mig. Vosotros desmentiréis 

■tal absurdo; yo os lo encargo, 

y como amigo os lo ruego. 

(Ruido fuera.) 

Pero un carruaje ha parado, 

y sin duda es mi sobrina 

con su esposo. 
Luisa. (Á Tomás.) Entonces vamos... 
Tom. Si, vamos antes que entren. 
Mig. De ningún modo. Me enfado,. 

si asi me dejais. 
Luisa. No quiero 

que nos echen sus criados... 

(a p .) ¡Otra vez, me moriría! 
Mig. Sin duda habéis olvidado 

dónde estáis?... ¡Aquí, en mi casa!... 

Si alguien se atreve á intentarlo, 

verá que, aunque callo y sufro... 

¡Ah, eso fuera demasiado! 



— 42 - 



Luisx. 

MlG. 




Eduar. 



Bar. 
Eduar. 



Isab. 



Bar. 

lSAB. 

Bar. 

lSAB. 



¡Con que era cierto! 

La lengua 
me ha vendido, sin pensarlo. 
¡Oh! no sabéis la amargura 

(Con dolorosa expansión.) 

que en mi pecho ha derramado 
la ingratitud; no sabéis... 
Pero venid á mi cuarto. 
Hoy será la última prueba; 
y si no me han engañado, 
sabré recobrar mi puesto, 
aunque resulte un escándalo. 

(Vánse por la izquierda.) 

ESCENA VL 

El BARÓN, EDUARDO, ISABEL. 

(Eduardo é Isabel entran por el foro derecha, precedi- 
dos del -Barón; aquel entrega su, abrigo á un criado 
que le sigue, y ella hace lo mismo á dos de sus don- 
cellas. Los criados se retiran. Isabel se sienta junto á 
un velador, sobre el cual ha colocado Eduardo una ca- 
jita de ébano que contiene un aderezo.) 
(Tomando varias tarjetas y esquelas que le presenta 
un criado en uria bandeja de plata.) 

Vamos á ver... (Leyendo.) La condesa... 
el duque... el marqués del Fresno. 

(Abriendo las esquelas.) 

¡Hola-, el ministro! 

¿Qué dice? 
Que, aunque le hace falta el tiempo, 
vendrá. Veamos si. los otros... 

(Continúa abriendo las esquelas.) 
(Á Isabel.) 

¿Qué tal ha sido el paseo? 
No ha sido del todo malo. 

(Mostrando la caja.) 

¿De Eduardo? 
Si. 
¿Y qué es ello? 
Como marido galante, 



43 





este regalo me ha hecho, . 




por ser mis dias. 


Bar. 


Magnífico. 


Eduar. 


Todos vienen. 


ISAB. 


¿Si? 


Bar. 


Me alegro. 




Con que veamos el regalo. 


ÍSAB. 


(Toma la caja.) 




Aqui está, vamos á verlo. 


Bar. 


(Acercándose.) 




La caja es linda, muy linda. 


Eduar. 


Pues es mejor lo de dentro. 


Bar. 


¿Á ver? Ya estoy impaciente... 


ISAB. 


(Abriendo la caja.) 




Aqui está. 


Bar. 


(Examinándolo.) ¡Hermoso aderezo! 


Eduar. 


Y de un trabajo admirable. 


Bar. 


Es lindísimo en extremo. 




Te felicito, Eduardo, 




por tu buen gusto. 


Eduar. 


Me alegro 




que su aprobación merezca. 


Bar. 


¿Y cuánto ha costado eso? 


Eduar. 


Seis mil duros. 


Bar. 


No es barato. 


Isab. 


No han querido darlo en menos. 




Era el único que habia; 




pero un disgustillo tengo. 


Bar. 


¿Cuál? 


Isab. 


Que es mejor el que lleva 




la marquesita del Fresno. 


Eduar. 


Permíteme que lo dude. 


Bar. 


Yo como Eduardo creo; 




y si lo trae esta noche... 


Isab. 


Si lo trae, lo veremos; 




y si es mejor... Eduardo, 




ya sabes cuál es mi empe ño. 


Eduar. 


Se te cumplirá. 


Isab. 


(Con amable coquetería.) 




¿Y elfotro? 


Eduar. 


Algo difícil lo encuentro. 


Bar. 


¿Hay algún otro antojillo? 



— 44 — 

¿Cuál es? 
Eduar. Un tronco soberbio 

que han traído de Inglaterra. 

Es para un rico banquero, 

y en sus manos... 
Isab. Pues entonces, 

¿para qué sirve el dinero? 
Eduar. Lo venderá, no lo dudo, 

si vé una ganancia en ello. 
Bar. Pero ha de ser excesiva. 
Isab. ¿Y qué importa? Lo queremos, 

y es preciso á todo trance 

adquirirlo. 
Bar. Para eso 

hay que acercarse de modo 

que no conozca el deseo... 
Isab. Es que lo quiero al instante. 
Bar. ¿Sin reparar en el precio? 
Eduar. Sea cual fuere. . 
Bar. Yo me encargo, 

y aqui lo tendréis muy presto. 
Isab. (á Eduardo.) Dale billetes. 
Bar. ¿Á qué? 

si todavia no sabemos... 

Mejor es su firma en blanco, 

y yo extenderé allá luego 

la obligación. (a p .) De ese modo 

es como al fin pagar puedo 

las deudas que he contraído, • 

por mi desgracia, en el juego. 

(Alto.) Aqui hay papel, pluma y tinta. 

(Lo acerca.) 

Eduar. (Firmando.) Pongo la firma y le dejo 
en blanco lo necesario. 

BAR. Al Contado, por Supuesto. (Guarda el papel. 

Eduar. ¿Quién lo duda? Hecho el ajuste, 

se satisfará al momento. 
Isab. Ya he visto al entrar la mesa. 

¿Está todo bien dispuesto? 
Bar. Todo; pero en la alegría 

algún disgusto me temo. 
Eduar. ¿Cuál? 



— 45 — 



Bar. 



lSAB. 

Eduar. 
Bar. 



Eduar. 
Isab. 




El tio de Isabel, 
que ha formado un grande empeño 
en ño comer en su cuarto, 
y allí reclama un asiento. 

(Señala á la mesa.) 

Ya sabéis que su carácter... 
Él no conoce respetos 
humanos, y á lo mejor, 
por mas que no venga á cuento, 
nos saldrá con su estribillo 
de... d Antes de tener dineros... 
cuando yo era el tio Miguel. . . » 
y á este tenor mil y un ciento 
de necedades, que todos 
irán después repitiendo; 
que nos pondrán en ridículo,.. 
y á vosotros mas. 

¡Es cierto! 
Parece que se propone 
humillarnos. 

No hay remedio: 
ó renunciar al convite, 
ó decirle sin rodeos 
la verdad; que su presencia 
no es conveniente. Primero, 
se trata de persuadirlo; 
y si al fin se empeña en ello... 
Será preciso hablar claro. 
Yo disgustarle no quiero; 
pero sufrir el ridículo, 
y que después con el dedo 
nos señalen... ¡Nunca, nunca!* 
De persuadirle tratemos. 
Difícil será. 

Ayudándome 
Isabel... 

(Toca una campanilla, y se presenta un criado.) 

Dios ponga tiento... 

(Al criado.) 

Al tio de la señora... 

que haga el favor... que le espero. 

(Váse el criado.) 



— 46 - 
ESCENA VIL 

DICHOS, luego MIGUEL 





Bar. 


Sobre todo gran firmeza 
con! él. No hay que vacilar, 
si no queréis acabar 
donde el ridículo empieza. 




ISAB. 


Yo, aunque le tengo cariño, 
temo su locuacidad. 




Eduar. 


Todo anciano en esa edad 
vuelve otra vez á ser niño. 




Bar. 

M 


Por lo cual no se le ofende, 
si como á tal se le trata. 
Nada, nada, hablarle en plata, 
si de indirectas no entiende. 
Aqui viene ya. (Á Isabel.) La mesa 




fír 

1 /' li 


haremos que examinamos, 




y asi el disgusto evitamos 




/ de presenciar su sorpresa. . 




fp* tt 


/ ( Van se al foro.) 


1 K 


MlG.jB 

Edua^ 


L ¿Me esperabas? 
V\ Si, señor. 
De un asunto hablarle quiero... 


t 




Siéntese usted. 




MlG. 


No, prefiero... 
Asi me encuentro mejor. 




Eduar. 


Gomo usted guste. 




MlG. 


Habla, pues. 




Eduar. 


Ante todo le prevengo 
que, en lo que decirle tengo, 
miro solo á su interés. 




Mig. 


Gracias. 




Eduar. 


Cual vé. 

(Señalando á la mesa.) 

festejamos 
hoy de mi esposa los dias... 




Mig. 


Ya, y convidarme quenas. 




Eduar. 


Asi al principio intentamos, 
sin cuidarnos de otra cosa 
que del singular placer ' 



— 47 — 

que pudiéramos tener, 

tanto yo como mi esposa. 

Mas luego, mejor pensado, 

hemos dicho: ya á su edad 

fuera una inhumanidad" 

el tenerlo á nuestro lado, 

sometido á la etiqueta 

y á la gravedad adusta, 

que á su franco humor disgusta, 

cuanto el mundo la respeta. 

Por lo cual, determinamos 

decírselo asi al momento, 

y, aunque con gran sentimiento, 

de asistir le relevamos. 
Mig. Yo agradezco la intención, 

y admiro vuestra prudencia; 

pero no es la conveniencia 

antes que la obligación. 

Y aunque ya la edad me inclina 

á la quietud y el reposo, 

asistiré muy gustoso. 

Se trata de mi sobrina. 
Eduar. ¡Ah! no tenga usted reparo. 

Yo disculparle sabré. 
Mig. (Ap.) ¡Tonto! yo te obligaré 

á decírmelo mas claro. 
Eduar. Luego... ha de haber tanta gente... 
Mig. Mejor. 

Eduar. Y es la bulla tanta... 

Mig. La bulla á mí no me espanta. 

Ese no es inconveniente. 
Eduar. ¿Á qué quiere usted sufrir 

esa mortificación? 
Mig. ¿Qué dirán, si á la función 

• no me vieren asistir? 
Eduar. ¿Qué han de decir? Que á su edad 

solo se busca el sosiego. 

Dirán... 
Mig. (Ap.) Preciso es ser ciego 

para no ver la verdad. 

(Alto.) Pues bien, yo asistir dispongo. 
Eduar. Ya que es usté incorregible, 



—■48 — 





le diré... que no es posible. 


Mig. 


¿Por qué? 


Eduar. 


Porque yo me opongo. 


Mig. 


¡Acabaras! 


Eduar. 


Su salud... 


Mig. 


¡Galla, y deja que me asombre, 




al encontrar en un' hombre 




tal monstruo de ingratitud! 


Eduar. 


¡De ingratitud! 


Mig. 


Si, confiesa 




/-iSAR. 



MlG. 



que eres tan ruin y menguado, 

que te juzgas deshonrado 

sentándome yo á tu mesa. 

¡Á tu mesa! dije mal. 

Cuanto hay aquí todo es uiio, 

y á la justicia coníio . 

de Dios tú suerte fatal. 

Á tu soberbia altanera 

él sabrá dar el castigo, 

ya que hoy te portas conmigo 

de tan indigna manera. 

Cuando viniste á mi lado, 

eras pobre, oro te di; 

logré hacerte rico, si; 

mas no pude hacerte honrado. 

(Bajando al proscenio.) 

¡Tio! 

Vén, llega, Isabel, 
que el cielo acaso te envia. 
Tú no serás, hija mia, 
tan ingrata como él. 
No puedes serlo, no, no, 
con el infeliz anciano 
que su generosa mano 
en tu orfandad te tendió. 
Hazle ver que es torpe y necia 
su vanidad importuna. 
¿Qué hiciera sin la fortuna 
del hombre que hoy menosprecia? 

(Pausa.) 

Dale un consejo, Isabel, 
y díle que vuelva en sí; 



— 49 — 

que, al envilecerme á mí, 
el envilecido es él. 

(Pausa.) 

¡Callas... y la indignación 

en tu semblante no veo! 
Isab. Perdóneme usted... mas creo.. 

que Eduardo tiene razón. 
Mig. ¡Ahü! ¿tú también, desgraciada! 

¡Huye, huye de mi presencia! 

¡Esa ha sido tu sentencia, 

por tu boca pronunciada! 
Isab. ¡Oh, señor!... 
Mig. ¡Sembré virtud 

y recojo iniquidad! 

¡Ah, siempre la vanidad 

engendra la ingratitud! 

El propio como el extraño 

me trata. ¡Oh dolor profundo! 

¡No se dá un paso en el mundo 

sin hallar un desengaño! 

Al pensarlo, desvario, 

y se turba mi razón . 

¿Es esta la condición 

de la humanidad, Dios mió? 

El ver tanta iniquidad 

por todas partes, me pasma. 

¿Es la virtud un fantasma 

ó es una realidad? 

Sea lo que fuere, este día 

seré lo que debe ser, 

y, cumpliendo mi deber, 

obraré con energía. 

¡Un padre con ellos fui; 

como á extraño me trataron! 

Ya que mi amor despreciaron, 

desprecio hallarán en mí. 

(Se acerca á la mesa y ag-ita una campanilla. Varios 
riados aparecen.) 

¡Ese hombre y esa mujer 

(Señalando á Eduardo é Isabel.) 

al punto á la callea 
Eduar. é Isab. ¡Oh! 



/; 





— 50 — 

MlT, . (Con voz de trueno.) 

¡No hay mas amo aqui que yo, 
y me habéis de obedecer! 
¡Pronto! 

(Luisa y Tomás al paño.) 
BaR. (Que ha venido acercándose poco apoco al proscenio.) 

A tan gran desacato 

respuesta daré cumplida. 
Mig. ¡Cómo! 
Bar. ¿El tio Miguel olvida 

ya que ha firmado un contrato? 
Mig. ¡Ah! 
Bar. Por él nada le queda, 

nada; y si aqui le consiente 

la compasión .. 
Mig. (Anonadado.) ¡Dios clemente! 
Bar. Dé las gracias como pueda, 

y humilde pida perdón 

á quien la ofensa ha causado. 
Mig. ¡No, bastante me he humillado! 

Basta ya de humillación! 

Antes de comer su pan, 

ya que mi desdicha es cierta, 

pediré de puerta en puerta... 

ESCENA VIH. 

DICHOS, LUISA, TOMÁS. 

LuiSA.Iy (Tomando á Miguel de la mano y colocándolo entre 
ella y Tomás.) 

¡Nunca, nunca lo verán! 
Mig. ¡Dios mió! 
Luisa. Aunque pobre gente, 

corazón y honra tenemos, 

y para él lo ganaremos 

con el sudor de la frente. 
Bar. Es que... 

TOM. (Amenazando.) ¡Silencio! 

Luisa. Aunque pobre, 

nada allí le ha de faltar. 
Nuestra mesa, nuestro hogar... 



— 51 — 

Yo haré que todo le sobre. 
Mig. ¡Dios mío, á su ingratitud 
esta noble acción iguala! 
¡La humanidad no es tan mala! 
¡Aun en la tierra hay virtud! 

(Á Luisa y Tomás, abrazándolos.) 

Hijos, vuestra caridad 
me infunde tal fortaleza, 
que en medio de la pobreza 
bendigo mi adversidad. 
Dios en sus justos arcanos 
al necio orgulloso abate; 
nunca al corazón que late 
por el bien de sus hermanos. 

ISAB. (Llorando.) 

¡TÍO! (Eduardo la detiene.) 
MlG. (Dirigiéndose á la puerta entre Luisa y Tomás.) 

Ya es tarde. 
Isab. ¡Aydemí! 

Luisa. Salgamos sin dilación. 
Tom. Del cielo la maldición 

temo que nos caiga aqui. 

MlG. (Volviéndose desde el foro.) 

Adiós. Sin ira ni encono 
voy á cumplir mi destino. 

(Elevando al cielo las manos.) 

Tú me enseñaste el camino, 
Dios santo, yo los perdono. 

(Isabel cae desmayada en un sillón. Eduardo y el Ba- 
rón acuden en su socorro . Miguel sale con Luisa y To- 
más, y cae el telón.) 



FIN DliL ACTO SEGUNDO. 



ACTO TERCERO. 




Habitación pobremente amueblada en la casa de Tomás y Luisa. 
Puerta al fondo y laterales. A la izquierda, banco y herramien- 
tas de carpintero ; á la derecha una mesa de pino, y junto á 
ella un sillón antiguo de brazos, en el que aparece sentado el 
tio Miguel, cuyo rostro demacrado y pálido indica padecimien- 
tos recientes. En la escena algunas sillas toscas. 



a0? S¿*-7-& y 



ESCENA PRIMERA, 



MIGUEL, LUISA: el primero sentado y la segunda junto á él con 
una taza de caldo en la mano. 



Luisa. Vamos, que ya poco queda. 
Otro sorbo, y se acabó. 

MlG. (Después de apurarla.) 

Dios te lo pague, hija mia, 

y te eche su bendición. 
Luisa. ¿Qué tal le ha sentado el caldo? 

¿Se encuentra usted ya mejor? 
Mig. Si, ya me encuentro con fuerzas 

para andar, gracias á Dios. 

Después de penar tres meses 

en el lecho del dolor, 

gracias á vuestros cuidados, 



Luisa 



- 54 — 

me encuentro vivo. 

LUISA. (Poniendo la taza en la mesa.) ESO no. 

Dios que ha querido salvarle. 
Mig. Mas por vuestra mediación. 

Asi el doctor lo asegura. 
Luisa.. ¿Qué sabe de eso el doctor? 
Mig. Ya se han cumplido tres años, 

tres, que á vuestro lado estoy, 

siendo una carga pesada; 

que al fi n vuestra posición... 
Luisa. | -STvuelve usted á hablar de eso. 

I le dejo solo y me voy. 
Mig. / Déjame que lo repita. 

Tengo una satisfacción 

en recordar cuánto os debo. 

No sé lo que hiciera yo 

por pagaros algún dia 

lo que hoy solo con mi amor, 

mi gratitud... 

¡Es gracioso 
\ por do nde le ha dado hoy! 
Mig. & me hubierais permitido 

ir al hospital... 
Luisa. ¡Señor! 

¿Puesj mé, no teníamos casa? 

>i; pe7o recursos... 

¡Oh! 

Mientras no falte el trabajo, 

ya habrá. 

¡Qué resignación! 

Dios la caridad nos manda. 

Pero el heroísmo, no. 

¡Sabe Dios lo que habréis hecho! 

Pena me causa y dolor 

el pensar que habréis gastado... 
Luisa. / ¿Qué importa, si en conclusión 

hemos salvado su vida? 

¡El dinero!... ¿en qué mejor 

pudiéra mos emplearlo? 
Mig. ^ Sois pobres, y obligación 

ninguna hacia mí tenéis. 
Luisa. La que nos ha impuesto Dios 




— 55 — 

era bastante. ¿Qué gracias 
merece, ó qué galardón 
el que es rico, el que obra solo 
)or deber, no por amor? 

Mig. * Pero tantos sacrificios... 
eso es mucha abnegación. 
Sé que Tomás una mano 
hace un mes que se cortó, 
y trabajar no ha podido. 

Luisa. Si, pero ya está mejor, 
y pronto... 

Mig. Pero entre tanto... 

¡cuánta y cuánta privación 
por mí no os habréis impuesto! 

Luisa. Ninguna, gracias á Dios. 
Habia algunos ahorrillos... 

Mig. ¿No me engañas? 

Luisa. No, señor. 

Mig. Dime: ¿dónde habéis echado 
la cómoda, el velador... 
y los muebles que aqui habia. 

LUISA. (Después de vacilar.) 

¡Ah! ¿los... muebles? Los vendió 
Tomás, para comprar otros 
mejores. 

Mig. (Ap.) ¡Qué corazón! 

(auo.) Luisa, quieres engañarme. 

Si, quieres que ignore yo 

los sacrificios inmensos 

que ha béis hecho en mi favor. 

Luisa./ Usted es el que se engaña, 
y pretende, sin razón, 
dar gran importancia á un hecho 
que en sí no tiene valor. 
La caridad verdadera 
es el vínculo de unión 
que Dios ha dejado al hombre 
como prenda de su amor, 
y en tí esa virtud sublime, 
hija, al nacer, infundió. 

Luisa Desgraciado aquel que tiene 
con que endulzar la aflicción 



50 



del prójimo y lo abandona 
en medio de su dolor. 
Muchos se llaman cristianos, 
sin ver que la religión 
del que espiró en un madero 
para probarnos su amor, 
de nada sirve en los labios 
si falta en el corazón. 

Luisa. ""TóíT usted hemos partido 
nuestros bienes, sin temor 
de que mañana nos falte 
» del cielo la protección. 
Si al pajarillo en el campo 
nunca el sustento faltó; 
si el pez vive en su elemento, 
como en el campo la flor, 
¿cómo ha de olvidar al hombre 
la providencia de Dios? 
¿Qué son las penas del mundo, 
si tan pasajeras son, 
cuando después de esta vida 
jiayj)tra vida mejor? 
Con que ánimo y no se apure 
usted; tenga, como yo, 
para sufrir los azares 
paciencia y resignación. 

Míe Si por mí fuera, hija mia, 
no me atormentara, no; 
que á mi edad ya todo sobra; 
pero veo con dolor 
que, pisando ya del mundo 
mi pié el último escalón, 
soy una planta parásita 
del árbol de vuestro amor. 

Luisa. Dejemos ya, si usted quiere, 
tan triste conversación; 
que aun está usted delicado 
y eso le pondrá peor. 
Quiero, cuando Tomás vuelva, 
que hace rato que salió, 
lo encuentre mas animado, 
contento y de buen humor. 



- 57 



MlG. 


¿Dónde ha ido? 


Luisa. 


Según creo, 




á buscar cuarto. 


Mig 


¡Qué! ¿no 




os acomoda ya este? 


Luisa . 


'Queremos otro mejor, 




que tenga mas luz, mas aire .. 




Aqui no dá nunca el sol. 




Luego... la casa está en venta, 




y mañana... sabe Dio? 




si en ella querrán dejarnos. 


Mig. 


Siendo asi, tenéis razón. 


Luisa. 


(Ap.) ¡Si sospechara la causa, 




fuera inmenso su dolor! 




(Ruido fuera.) 




¿Será Tomás? Pasos siento. 


, ui 3* 


¡Ah, el casero, en qué ocasión! 


%> 


ESCENA II. 


f 


dichos, d. judas. 


l T 

^*JUP. 

S Luisa. 


Muy buenos dias, señora. 


Sea usted muy bien llegado. 


JUD. 


¡Hola! ¿Está ya levantado 




el viejo? 


Luisa. 


Si. 


Jud. 


Ya era hora. 




Los viejos se están muriendo, 
y vuelven á revivir. 

(Luisa hace señas al casero para que calle.) 

¿Qué me quiere usted decir? 

Yo por señas no la entiendo. 

¿Que calle? ¿Á qué he de callar? 

Mi comisión es muy breve. 

Si los meses que me debe 

no puede hoy mismo pagar... 
Luisa. ¡Ah! 
Jud. Bastante la he esperado; 

pero ya me es imposible. 

¡Qué quiere usted! es sensible; 

pero el que ya no ha pagado... 



— 58 — 

Luisa. Ya sabe usted cuáles son 

las causas... 
Jud Yo las respeto, 

y á apreciarlas no me meto; 

tendrá usted mucha razón. 

Hay muchos que pagan mal, 

y sus disculpas son esas, 

y, al fin, todas sus promesas 

son... música celestial. 
Luisa. Mi marido no ha podido 

trabajar en mas de un mes. 

JUD. (Encogiéndose de hombros.) 

Ps... cuenta mía no es; 

lo será de su marido. 

Luego ese viejo achacoso 

cuidado con tanto esmero... 

El que no tiene dinero 

no la echa de generoso. 
Mig. ¡Oh! 
Luisa. ¡Calle usted por piedad! 

¿No vé que lo está matando? 
Jud. Yo en casa ajena no mando; 

pero digo la verdad. 

Sin hacienda ni destino, 

un hombre asi es una plaga. 

Si no tiene, si no paga, 

ahí está san Bernardino. 
Mig. (a p .) ¡Ay de mí... tiene razón! 
Luisa. (a p .) ¡Dios mió, dame paciencia! 
Jud. Allí amparan la indigencia, 

y el ser pobre no es baldón. 

(Á Miguel.) 

¿He dicho bien? 

Luisa. (a p .) ¡Qué hombre es este! 

(Alto.) ¡Ah, para usted no hay piedad! 

Jud. Siempre, por la caridad, 

se ha dicho que entra la peste. 
Mi sistema es muy sencillo, 
y lo diré, aunque se asombre: 
no hay amigo para el hombre 
como un duro en el bolsillo. 
Asi pues, halle ó no halle, 



— 59 — 

en donde vivir disponga, 
si no quiere que los ponga 
en la mitad de la calle. 

Luisa. ¡Señor!... 

Jud. De hoy mismo no pasa. 

No quiero suplirles mas. 
Es preciso, y... ademas, 
que tengo en venta esta casa. 
Con que... antes que den las dos, 
ó al juez acudiré luego.. 

LUISA. (Suplicante.) 

Es que... 
Jud. Excusado es el ruego. 

Agur. (Dirigiéndose á la puerta.) 
MlG. (Levantándose y con grande amarg-ura.) 

¡Vaya usted con Dios! 

("Váse el casero.) 

ESCENA III. 

LUISA, MIGUEL. 



Luisa. 


(Llorando.) 




¡Dios mió! 


MlG. 


¡Hija de mi alma! 




No llores. 


Lí isa. 


¡No he de llorar! 


Mig. 


Todo se puede arreglar. 




Por Dios... un poco de calma 




No llores... La culpa es mia. 


Luisa, 


¡No aumente usted mi dolor! 


Mig. 


¿No hubiera sido mejor, 




cuando remedio tenia, 




haberme manifestado 



¡He estado siendo una carga!. 
Luisa, me has engañado. 
i ¡Pobres mártires los dos, 
por ampararme, habéis sido! 
¡Y yo no lo he comprendido! 
¡Ah, perdónemelo Dios! 
Sin esta casualidad. 



— CO- 



que tan clara luz me ha dado, 
¿adonde hubiera llegado 
vues tra generosidad? 

Luisa. v ¡Diosmio! 

Mig. Vamos, no llores; 

que en situación tan cruel 
el pobre del tio Miguel 
no aumente mas tus dolores. 
Si, mia la culpa ha sido, 
y yo remediaros quiero. 
Voy, voy á pedir dinero 
á Isabel, á su marido... 

(Disponiéndose á salir.) 
LüISA. (Deteniéndolo.) 

¡Señor! 
Mig. ¿Qué te maravilla? 

Es mió, y me lo darán. 
Luisa. ¡Si hace seis meses que están 

viviendo en una buhardilla! 
Mig. ¡Ellos! 
Luisa. . Si, no hay que dudarlo. 

Yo misma lo he visto, yo. (rausa.) 
Mig. ¡Es verdad! ¡No les costó 

el trabajo de ganarlo! 

¡A.h, de Dios la omnipotencia 

castiga su vanidad; 

que es la prodigalidad 

camino de la indigencia! 

Es el severo castigo 

de la justicia de Dios, 

que está vengando en los dos 

lo ma l que obraron conmigo. 
Luisa.' ¡Desgraciados! 
Mig. Es verdad. 

El bien ó el mal que se hace... 

todo aqui se satisface, 

antes que en la eternidad. 



— 61 



ESCENA IV. 




TEODORO y TOMAS en la puerta del foro: e*te con un* 
mano vendada. 

que le he dicho es lo cierto. / 

confio en su palabra* ¿X -&J * 

jTomás! (Á Mig-uei.) Por Dios que no sepa 

lo que de pasar acaba. 

Que crea que usted ignora 

nuestra situación. 
Mig. Descansa. 

TEOD. (Saludando.) 

Felices 
Mig. (a p .) Se me figura 

que yo conozco esta cara. 

TEOD. (Echando á su alrededor una mirada investigadora.) 

Está algo descuidadilla; 

pero, al fin, no está muy mala. 

LUISA. (Ap. á Tomás.) 

¿Quién es? 
Tom. (id. á Luisa.) Es un caballero, 

que, según me ha dicho, trata 

de quedarse con la finca. 
Teod. Si es eme me la dan barata. 

MlG. (Á Teodoro.) 

Caballero... usted perdone 
me tome la confianza 
de dirigirle una súplica, 
que ha de parecería extraña. 
Aunque no tengo la honra 
de conocerle, estas canas 

(Descubriéndose.) 

me autorizan, y quisiera 

que con bondad me escuchara. 
Teod. Hable usted. 
Luisa. (Ap.) ¡Qué irá á decirle! 

Míg. Hace ya que en esta casa 

habitamos mucho tiempo, 

y nos dá pena dejarla. 

Hay cosas que no se explican; 



- 62 - 

pero que las siente el alma, 
y esta es, señor, una de ellas. 
Estas paredes, que nada 
dicen para todo el mundo, 
mil y mil recuerdos guardan 
para nosotros. En esa 

(Señalando á la derecha.) 

pobre y reducida estancia, 
los sueños de dos esposos 

(Por Tomás y Luisa.) 

cual sombras queridas vagan. 
Esa ha sido, hace tres años, 

(Señalando á la izquierda.) 

la habitación destinada 
para albergue de la triste 
de las mas tristes desgracias. 
Riego le han dado mis ojos, 
siendo unas veces mis lágrimas 
de dulce agradecimiento 
hacia esas dos nobles almas 

(Señalando á Luisa y Tomás.) 

que cual hijos me ampararon, 
y otras veces, arrancadas 
por el amargo recuerdo 
de la ingratitud humana. 
En este estrecho recinto 
está, señor, encerrada 
la historia de nuestros goces, 
la de nuestras esperanzas, 
la de nuestras amarguras, 
nuestras penas, nuestras ansias. 
¡Qué quiere usted! La queremos 
como la flor quiere al aura 
que entre sus hojas murmura, 
como quiere el pez al agua 
y el pájaro quiere al viento 
donde ha tendido sus alas; 
porque estas cuatro paredes 
mudas, tristes, solitarias, 
tienen ya para nosotros, 
á fuerza de contemplarlas, 
el encanto irresistible 



- 63 - 

del agua, el viento y el aura, 

IEOD, (Tratando de ocultar su emoción.) 

Noble anciano, me enternecen 
esas sentidas palabras; 
y aunque no sé todavía 
si el que dueño de esta casa 
ha de ser (pues no la compro 
para mí), querrá dejarla 
tal como yo la he encontrado, 
le rogaré que lo haga. 
Mig. ¡Ah, señor, Dios le bendiga! 
Aunque Tomás no trabaja 
ahora, por estar enfermo, 
con entera confianza! 
dígale usted: que es honrado, 
y que, si en algo se atrasa, 

le pagará; yo lO fio... (Transición.) 

¿Pobre de mí; ya olvidaba 
que el tio Miguel en el mundo 
ni tiene ni vale nada! 
Como he sido también rico... 

Teod. Lo sé, y también sé la causa... 

Mig. ¡Ah! 

Teod. De su honrada pobreza. 

Mig. ¡Cielo! 

Teod. Hoy su ingratitud pagan 

los dos... sin pan... sin abrigo... 

Mig. (Ap.) ¡Dios mió! 

Teod. Me causanjástima. 

Mig. ¿Y qué hacen? 

Teod. Un caballero 

ha poco que su desgracia 
supo, y queriendo aliviarles, 
á fuerza de mil instancias 
le ha conseguido un destino, 
donde, si Eduardo trabaja, 
podrán vivir con modestia, 
aunque no con abundancia.. 

Mig. ¡Ah, siempre, siempre hay, Dios mió, 
en el mundo buenas almas! 

Teod. El corazón de Eduardo, 

aunque extraviado estaba, 



- 64 - 

no liabia llegado al extremo 

del de su tío. 
Tom. ¡Canalla! 

¡Bien dije yo que era el diablo 

que todo allí lo enredaba! 
Teod. El Barón se encuentra hoy 

perseguido por estafa, 

y en la cárcel muy en breve 

irá á pagar sus infamias. (Mira el reloj.) 

Pero... me estoy deteniendo, 

y el tiempo rápido pasa... 
Mig. Con que... ¿puedo estar tranquilo? 
Teod. Respondo de mi eficacia 

en rogarle; mas del éxito... 
Mig. En Dios tengo confianza, 

y hará lo demás. 
Teop . Muy pronto 

lo sabremos. 

(Váse con Tomás, que lo acompaña hasta la puerta 
del foro.) 
TOM. (Despidiéndole.) Con DÍOS vaya. 

, ; ESCENA *V 

MIGUEL, LUISA, TOMAS. 



Mig. 


(Ap., después de algunos momentos de meditación 

Voy, si, voy; si tal no hiciera, 
perdón de Dios no tendria. 


■) 


Tom. 


¿Tomó usté el caldo? 




Mig. 


Hace poco 
que me lo trajo Luisa. 




Tom. 


¿Y qué tal? 




Mig. 


$ien me ha sentado. 




Tom. 


¿Bien? 




Mig. 


Á las mil maravillas. 




Tom. 


Me alegro. 




Mig 


Y para probarte 
que, aunque mis piernas vacilan 
un poco, tengo ya fuerzas, 
salir quiero... 




Luisa. 


Usted delira. 





- 65 - 

Tom. ¡Cómo! ¿salir á la calle, 

cuando hace solo tres días 

que se ha levantado? 
Luisa. ¡Poco 

en el barrio se diria! 
Míg. ¿Y el barrio qué nos importa? 
Luisa. Si usted su salud no estima... 
Míg. Si tal. No tengáis cuidado; 

iré solo hasta la esquina, 

y al punto vuelvo. 
Luisa. Mañana 

irá usted. 
Míg. (a p .) ¡Aqui... otro dia... 

No. ¡Ya los pobres no pueden!... 
Luisa. ¿Qué dice usted? 
Míg. Que me anima 

ver la mañana serena. 

¿Á quién ese sol no incita?... 
Luisa. Ya que forma usted empeño 

en salir, por si le alivia 

el aire puro, Tomás, 

tú irás en su compañía. 
Tom. Es claro, y le daré el brazo. 

(Pasa al lado de Miguel.) 
MlG. (Haciendo un alarde de fuerza.) 

¿Creeréis que necesita 
el tio Miguel que le agarren 
para andar? Eso seria 
una vergüenza. Miradme 
sin apoyo. 

(Arroja el bastón en que estaba apoyado. Tomás, al 
verlo vacilar, lo sostiene.) 

Quita, quita. 

¿Piensas quizás que me caigo? 
Tom. No, señor; pero... 
Míg. En mi vida 

he estado mas fuerte. Dame, 

dame mi bastón, Luisa. 

(Lo hace.) 

Pues si soy capaz ahora 
de andarme toda la villa. 
Tom. ¿No irá usted mejor conmigo? 

5 



— 66 



MlG. 


Tú haces falta aqui. 


Tom. 


(a p .) ¡Es mania! 


MlG. 


Es gusto especial que tengo, 




y... Ya es fuerza que os lo diga. 




(Con intención.) 




Se trata de una promesa, 




hijos, y debo cumplirla. 


Luisa. 


¿Y es la promesa de ir solo? 


MlG. 


De ir solo; pero descuida, 




que si las fuerzas me faltan, 




me volveré. 


Luisa. 


Es que... 


Mig. 


(Con autoridad.) No insistas 




Al que promete y no cumple, 




Dios, con razón, le castiga. 




(Váse, foro derecha.) 




ESCENA VI. 




LUISA, TOMÁS. 


Luisa. 


¿Adonde irá? 


Tom. 


Yo á seguirle 



fuera de muy buena gana; 

pero, si es una promesa... 

al fin hay que respetarla. 
Luisa. Está tan débil... que temo 

le suceda una desgracia. 
Tom. Yo también; pero ya has visto 

que no ha habido forma humana 

de convencerle. ¡Eso solo 

es lo que ahora nos faltaba! 

(Se sienta muy pensativo.) 

Luisa. ¿Qué tienes, Tomás, qué tienes? 

¿Nada has conseguido? 
Tom. Nada. 

Á tres puertas he llamado... 
Luisa. ¿Y qué? 

Tom. Todas tres... cerradas. 

Luisa. Tu maestro... 
Tom. Mi maestro 

no tiene. Yo confiaba 



67 



Luisa. 

Tom. 
Luisa. 



Tom. 



Luisa. 



.en que á cuenta de trabajo... 
pero es tal nuestra desgracia, 
que ni aun asi. 

No te aflijas, 
Tomás, por Dios, no te abatas. 
¡No hay candad en el mundo! 
¡No hay caridad! ¡Y asi habla 
el que ha tres años la ejerce 
con el anciano que acaba 
de salir! 

¡Y este es el pago! 
Vendrá el dia de mañana .. 
¿y qué recurso nos queda? 
Dios, que nunca desampara 
al que de veras confia 
en su bondad soberana. 

W! 

Por estas amarguras 
debemos darle las gracias. 
¿Qué es el mundo? Bien lo sabes; 
no es mas que un valle de lágrimas, 
donde, padeciendo un dia, 
un bien eterno se gana. 
Que la fé no te abandone; 
que te aliente la esperanza, 
ya que eres caritativo 
y grande y noble es tu alma. 

(Levantándose -y con efusión.) 

¡Ah! si todas las mujeres, 
como tú piensas, pensaran! 
Eres un ángel, Luisa: 
Dios por tu boca me habla, 
y ya... ni el dolor me abate, 
penas me acobardan. 

ESCENA Vil. 



DICHOS, ISABEL en traje muy humilde. 
IsABElVV (Desde la puerta del foro.) 

AA ¡Aqui están... oh, me avergüenzo!., 
Luisa.' r» Una mujer... 




Tom. ¿Qué querrá? 

Isab. (Adelantándose.) Encontré la puerta abierta, 

y... me habrán de perdonar, 

si me atrevo... 

LlIISA. (Mirándola con mucha atención.) 

¿No me engaño? 
No. 
Isabel. ¡Dios mió! 

LüISA. ¡Isabel! (Tendiéndole los brazos.) 

.ISABEL. (Arrojándose con ellos.) ¡Ah! 

¡Siempre la misma nobleza! 

¡Cuánta generosidad! 
Luisa. ¿Quién te trae?... 
Isabel. Mi desgracia 

y el deseo de alcanzar 

un perdón que no merezco. 
Tom. (A P ) ¡Pobre mujer! 
9 ' ^ ¿S ^ impiedad 

"^ no tiene ejemplo en el mundo; 

y si Dios fuerzas me dá 

para que viva muriendo, 

es por castigarme mas. 
Luisa. Quien se arrepiente de veras... 
Isabel. Ya es tarde, el mundo dirá, 

y tendrá razón sobrada. 

Él, que me ha visto brillar, 

entregada á los placeres 

del lujo y la vanidad, 

de mi dolor y mis lágrimas 

con. gozo se burlará, 

hoy que, pobre y desvalida, 

me vé á estas puertas llegar, 

casi de andrajos cubierta, 

implorando caridad. 
Luisa. Nada te importe el juicio 

que el mundo pueda formar. 
Isab. ¡Mi tio!... 
Luisa. Es muy generoso, 

y al fin te perdonará. 
Isab. Antes de partir, quisiera 

una vez su* pies besar, 

y oir solo una palabra 



- 69 -<-- 

de perdón y de piedad. 
Luisa. ¿Vas á partir? 
Isab. Si, Luisa, 

para no volver jamás 

donde todo me recuerda 

mi afrentosa iniquidad. 

Abatido nuestro orgullo 

hasta la miseria está, 

y en medio de su justicia 

Dios se ha querido apiadar 

de nosotros. Un amigo, 

que se oculta con tenaz 

empeño, envió á mi esposo 

el nombramiento real 

para un destino, en que al menos 

no ha de faltarnos el pan, 

que ya aqui nos ha faltado. 
Luisa. ¡Dios mió! 
Isab. ¡Asi es la verdad! 

¡Cuántas ve^es la memoria 

me ha venido á atormentar 

de los consejos que un dia... 

me dio tu buena amistad! 

LUISA. (Desentendiéndose y con dolor.) 

¿Y os marcháis pronto? 
Isab. (con timidez.) Tan luego 

como se pueda encontrar 

quien nos preste algún recurso 

para el viaje. Por mas 

que hemos buscado... Nos piden 

prenda ó fianza... y fiar 

á un pobre... 
Tom. Ninguno quiere. 

(a p .) Harto lo sé... por mi mal. 
Luisa. Yo quisiera... 
Isab. ¡Ah, no, Luisa: 

si te he llegado á contar 

nuestra miseria, es tan solo... (Pausa.) 

LUISA. (Como inspirada por una idea.) 

Aguarda aqui. 
Isab. ¿Adonde vas? 

Luisa. Voy á probarte que el tiempo 



— 70 — 

no ha borrado mi amistad. 

La mujer, cuyo cariño 

fué un cariñ~> maternal 

para mí, me dio á su muerte 

una prenda, que jamás 

sin veneración profunda 

hasta hoy me atreví á tocar. 

Es un medallón, que acaso 

el secreto encerrará 

de mi triste nacimiento... 

fué de mi madre... ¡Tomás! (Llorando.) 

Isabel para nosotros 

es una hermana... aliviar '-A 

podemos su triste suerte... y 

¿Quieres?... 

TOM. (Afirmando.) Es tu Voluntad. 

(a p .) ¡De su situación se olvida, 
por salvar álos demás! 
Isab. ¡Luisa! ¡Tanto sacrificio!... 

LUISA. (Á Tomás, estrechándole las manos con efusión.) 

¡ Ah, Dios te lo premiará. 

(Váse por la puerta izquierda.) 

ESCENA VIII. 

ISABEL, TOMÁS. 

Isab. Un ángel, no una mujer 

es Luisa, ¡oh, qué corazón! 
Tom. ¡Si el mérito de esa acción 

pudiera usted comprender! 

Si el sacrificio que encierra 

llegara á saber un dia... 

¡ah! con mas razón diria 

que es un ángel en la tierra! 
Isab. Yo no puedo permitir 

tal sacrificio... ¡Dios mió! 

¿Dónde, dónde está mi tio? 

Quiero abrazarle y partir. 
Tom. Su tio de usted salió, 

pero pronto volverá. 
Isab. ¡Cielo! ¿me perdonará? 



t 




— 71- 

Tom. Tiempo ha que la perdonó. 
Isab. Pero ahora... ya será en vano 

querer echarme á sus pies. 
Tom. Guardar no puede interés. ! 

Tiene su sangre... es cristiano. 



'o 1 



ESCENA IX. 

DICHOS, MIGUEL. 



(En la puerta del foro con un papel en la mano, que 
guarda, después de decir aparte los dos primeras 
versos.) 

Aqui está, (por el papel.) guardarlo quiero, 

y en llegando la ocasión... 

¡Dios mió, su salvación 

es para mí lu primero! (Entra.) 

¡Mi tio! 

(a p .) ¡Aqui una mujer!... 

(id.) ¡Dios me dé fuerzas ahora! 

(Á Isabel por lo bajo.) ¡Valor! 

(id.) ¡Cielo! 

(Á Miguel.) Esta señora... 

dice que á usted quiere ver. 
Mig. ¿A mí? 
Isab. (a p .) ¡El dolor me asesina, 

y no sé cómo empezar! 

(Alto y acercándose con temor á Miguel.) 

¡Señor!... 
Mig. (a p .) ¡Esto es singular! 

¡Es la voz de mi sobrina! 

(Alto.) ¿Quién es usted? (a p .) ¡Corazón, 

calla, y no me des tormento! 
Isab. ¡Soy.., el arrepentimiento 

que á buscar viene el perdón! 

Sé bien que el perdón que imploro 

mi ingratitud no merece; 

pero... 
Mig. ¡Ah! 

Isab. Usted se compadece 

de estas lágrimas que lloro. 

Su corazón no es cruel, 



— 72 — 

y yo en su bondad confio. 
¡Tio... no, no, padre rnio, 
compasión para Isabel! 

(Quiere tomarle la mano.) 
MlG. (Haciendo un esfuerzo y retirándola.) 

¿Isabel? ya para mí 

ha tres años que murió. i 

¡Su ingratitud la mató... 

luto por ella vestí! 
Isab. Si Dios con su criatura, 

siendo Dios, la ofensa olvida, 

¿uo ha de volverme la vida 

de su amor esta amargura? 

¿Desoirá usted inclemente 

á la que hoy ¡padre! le llama, 

cuando Dios perdona... y ama 

al que llora y se arrepiente? 

Él detesta la arrogancia, 

pero á la humildad... se inclina. 
Mig. ¡Esa... esa fué la doctrina 

que yo te enseñé en la infancia! 
Isab. ¡Doctrina que yo olvidé 

ciega por la vanidad! 
Mig. Siempre de la adversidad 

germen el orgullo fué. 
Iisab. Para que mas sufra y pene 

en medio de mi dolor, 

he conocido mi error, 

cuando remedio no tiene! (Llora.) 
Mig. Si rica hubieras venido, 

aunque me hicieran pedazos, 

nunca te abriera mis brazos; 

pero hoy... ya lodo lo olvido. 
""¡Ven! (La abraza.) El dolor que atesoras 

y que ese llanto me explica, 

vale mas... ¡Si fueras rica, 

no lloraras como Horas! 
"Por un noble sentimiento 

has trocado la riqueza. 

¡Bendita sea la pobreza 

queda el arrepentimiento! 

¡El llanto es la expiación 



^ 



— 73 — 

que borra tu ingratitud! 
La fuente de la virtud 
está en la resignación. 
Si, hija mia, en santa calma 
Y sufre las penas y enojos, 
1 y vé enseñando á tus ojos 
I ¡fl^ w P ur 'fi car tu a l ma - 

ESCENA X. 




DICHOS, LUISA, 
in medallón en la mano.) 

/Y }ísabel! 

' ¡Hermana mia! 

LUISA. (Dándole el medallón.) 

Corre al instante, Tomás. 

ISAB. (Apoderándose del medallón.) 

No lo consiento, jamás. 

Antes de hambre moriría. 
iMir,. ¿Qué es eso? 
Isab. Que por hacer 

á un pobre un gran beneficio, 

no le arredra el sacrificio... 

Esto se puede perder. 

(Por el medallón.) 

Y al fin, siendo una memoria 
de tu madre... Á mi buen tio 
lo entregaré. No me fio, 
que es tu caridad notoria. 
Dios hará que mi deseo 
se cumpla de otra manera. 
Yo hallaré... Y, si asi no fuera, 
¿qué importa? 

(Dá el medallón á Miguel.) 
MlG. (Con asombro.) ¡CieluS, qué Veo! 

LUISA. (Con ansiedad.) 

¿Usted conoce? 

MlG. (Examinándolo y abriéndolo.) ;DÍOS mío! 

Luisa. ¡La duda me está matando! 

MlG. (Fuera de sí.) 

¡Decidme si estoy soñando, 



— 74 — 



> 1 J¿ \K 

] 0.. rí 




ó estoy loco, ó desvario! 

(Examinando alternativamente el medallón y á 
Luisa.) 

¡Luisa... este medallón! .. 
Luisa. Fué de mi madre, ¡ay de mí! 
á quien nunca conocí. 

MlG. (Lanzándose al cuello de Luisa.) 

¿Hija de mi corazón!! (Pausa.) 
Tom. ¡Él... su padre! 
Isab. ¡Cielo santo! 

Luisa. ¡Ah, padre mió! 
Mig. ¡Hija mia! 

¡AlgO aqui (Señalando al corazón.) me lo decía! 

¡Por eso te amaba tanto! 



ESCENA XI. 

DICHOS, TEODORO. 

(Con un legajo de papeles, desde la puerta del fo- 
ro. Ap.) 

¡Ah, mi victoria es segura! 

Al cabo la ha perdonado. 

(Alto.) Aqui estoy. Poco he tardado. 

Al fin se hizo la escritura. 

Llega usted en un momento 

en que el placer me enloquece. 

Si, señor... ¡ay! me parece 

que á morir voy de contento. . 

No querrá usted que se aflija 

en este instante dichoso 

un padre que, venturoso, 

de hallar acaba á su hija. 

¡Su hija! 

Si, señor, si; 
á quien por muerta he llorado, 
antes de haberla abrazado. 
Dios lo había querido asi. 
¿Hizo usted mi petición? 
Ya no nos echan ¿verdad? 
Hoy fuera una crueldad. 

¡HijOS de mi COraZOll! (Abrazándolos.) 



Mig. 



Tf.od, 
Mig. 



— 75 — 



Luisa. 


Yo por mi padre le pido... 


Tom. 


Señor, yo trabajaré, 




y todo lo pagaré. 


Teod. 


(a p .) ¡Qué escena! ¡Estoy conmovido! 


Mig. 


(Con resolución, ap.) 




¡Allí al menos me verán 




y no les seré gravoso! ' £33 




(Alto á Teodoro.) 




Señor, yo seré dichoso, 




si ellos de aquí no se van. 




Yo para mí nada quiero. 




Tengo un cuarto ya elegido; 




¿Vé USted? (Enseñándole un papel.) 




y hasta he recogido 




el recibo del casero. 


Teod. 


(Después de examinar el papel, con asonibi 




¡Usted!... ¡Ali, ya lo adivino! 




(¡Mostrando el papel.) 




Los quiere asi überíar... 




Licencia para ingresar... 


Tom. 


; 


Luisa. 


>¿En dónde? 


Isab. 


s 


Teod. 


¡En San Bernardino! 


Luisa. 


¡Padre! 


Tom. 


¡Señor! 


Isab. 


¡Dios clemente! 


Mig. 


Ya iréis á verme los tres. 



4 



En mi casa. Aquella es 
la casa del indigente. 

¿NO es Verdad? (Á Teodoro.) 

Teod. ¡Ah! No, señor: 

usted no es tan desgraciado, 
que no disponga á su agrado 
de otra en que estará mejor. 

Mig. ¡Yo! 

Teod. Si, la casa en que está 

es suya, le pertenece... 

íMig. ¿Se burla usted? 

TEOD. (Mostrando la escritura, y entregándosela.) 

Me parece 
que aqui claro lo dirá. 





- 76 - 

Téngalo usted por muy cierto. 
Mig. ¡Será una equivocación! 
Teod. Es una restitución 

de un comerciante que ha muerto. 

Antes de ir usté á la Habana... 
Mig. ¡Mi depósito negado! 
Teod. Si, yo he sido el encargado 

por él, y ya esta mañana.... 
Mig. ¡Cielos! 
Teod. Pero ha establecido 

para ello una condición. 
Mig. ¿Cuál? 
Teod. Que dé usted su perdón 

á Isabel... 

(Saliendo á la puerta del foro y vol^ 
Eduardo de la mano.) 

y á su marido. 
Pobres son, y en su indigencia 
no aspiran á otra merced 
que á que los acoja usted 
con su paternal clemencia. 

¡En mis brazos! (Los abraza.) 

(Á Teodoro.) ¿Y el Barón? 

Que no venga por acá. 

Ese... bien seguro está. 

¿Lo han metido ya en prisión? 

No, ya á Dios cuenta habrá dado 

de su desastrosa vida. 

Acabó ayer en suicida 

quien vivió como un malvado. 
Tom. ¡Pobre! 
Mig. (á Eduardo.) En eso eres prudente, 

y no lo debo estorbar. 
Eduar. Desde hoy lo quiero ganar 

con el sudor de mi frente. 
Teod. (Aparte.) ¡Dios mió, ya estoy contento, 

al ver que todo les sobra! 

Siquiera esta buena obra, 

entre tantas malas, cuento! 
Mig. (á Teodoro.) Señor, ya que de ventura 

su afecto asi nos calmó, 

dígame usted, ¿qué hago yo 



~ 77 — 

de esta... llüVida escritura? (Estrechándole la 
mano y con intención.) 

Vale el dinero tan poco 

para mí, que el que se afana 

por juntar hoy y mañana, 

me parece que está loco. 

Yo pronto saldré de aqui... 
Teod. Pero sus hijos se quedan 

y harán todo el bien que puedan. 
Mig. Quiera Dios que obren asi. 

Que nunca ía vanidad 

turbe su tranquila calma, 
. que abriguen siempre en el alma 
/ fé, esperanza y caridad. 
f A Hijos, que el orgullo necio 
■ V jamás en vosotros obre, 

y cuando encontréis á un pobre 

no lo tratéis con desprecio. 

Porque Dios ha decretado 

que aqui el hombre sufra y pene, 

y el que mas orgullo tiene 

ete es el mas desgraciado. 

De aquel que con su opulencia 

hasta al cielo desafia, 

mas lástima nos daria, 

si viéramos su conciencia. 

Hijos del alma, pensad 

que aqui somos peregrinos, 

y que todos los caminos 

llevan á la eternidad. 

Pensad que la elevación 

que dá al hombre la riqueza, 

desvanece la cabeza 

y extravia el corazón. 

El que busca la subida, 

sin mirar nunca hacia atrás; 

no vé que el que sube mas 

mas grande dá la caida. 

¡Si e! cuerpo que el alma encierra 

á la tierra ha de volver, 

vale mas, para caer, 

estar cerca de la tierra! 



- 78 - 

Y pues todo aqui vacila, 
y allá es inútil el oro, 
el verdadero tesoro 
es la conciencia tranquila. 



FIN DE LA COMEDIA. 



Habiendo examinado esta comedia no hallo in- 
conveniente alguno en que su representación sea 
autorizada. Madrid 3 de Febrero de 1860. 

El Censor de Teatros, 

Antonio Ferrer del Rio.